"¡Y la madre de Dios es mía, porque Cristo es mío!" San Juan de la Cruz

Los santos, en silencio, se han postrado ante el Misterio para adorar al Niño, que es Dios, y contemplar a su entrañable Madre, la milagrosamente Virgen y Madre, la llena de gracia ante Dios, la abandonada en manos del Espíritu, de quien recibió todos sus dones y frutos en máximo grado. Cuando Dios se encarna en María ella teje en sus carnes mortales a Jesús con el hilo de oro que es la naturaleza divina de Jesús, el Hijo de Dios. Desde entonces el Enmanuel renueva las cosas, y camina con nosotros. Es inseparable hasta el día de hoy el amor al Dios trascendente de esta carne amada y desposada con El.

Santa María, Madre de Dios, supera en dignidad a toda criatura, pues, por ser verdaderamente Madre del Verbo Encarnado, es la más cercana a la Santísima Trinidad, la llena de gracia: “Madre del Hijo, hija del Padre, Esposa del Espíritu Santo.” Junto a ella, como sus hijos queridos, se esclarece con sencillez el misterio de Cristo y de su Iglesia. Estar unidos a María es camino seguro para acercarnos al Misterio del Amor de Dios y crecer en gracia y plenitud. Por eso empezamos el año invocando su nombre: María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros.

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