«Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16).

Contemplando la Encarnación del Hijo de Dios, que, al hacerse hombre, ha entrado en comunión con cada uno de nosotros, comprometiéndose con un amor indisoluble, le pido al Señor que amemos por encima de todo la vida que él nos ha dado, y a María saber acogerla como el don más valioso, y, con una mirada profunda, valorar todo lo humano, para ofrecer a la sociedad el camino de su propia dignidad. Que todos nosotros, que hemos conocido y creído en el Amor de Dios, seamos servidores de la dignidad de cada persona y construyamos una sociedad que supere la cultura de la muerte y del descarte.

En el Niño Dios, el Señor ha venido en la “carne”, para darnos Vida, la vida de los hijos de Dios (Cf. 1 Jn 1, 1-2). La liturgia de estos días no cesa de alabar el misterio por el cual el Dios Eterno se hace temporal. Os invito a leer y orar con la Primera Carta de San Juan, que se nos presenta siempre en la misa diaria en Navidad. En la Encarnación del Verbo celebramos la paradoja de Dios hecho hombre: su vulnerabilidad; Dios se ha hecho frágil ante el amor del hombre, se ha dejado tocar por el hombre y se ha acercado a él para darle a conocer hasta qué punto le ama, y para dejarse amar por él. Quiere conmover el corazón de los que nos empeñamos en buscar falsas seguridades en falsos dioses.

Los cristianos estamos llamados a manifestar ese amor. Es el mismo san Juan quien declara que «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). Hemos de esmerarnos especialmente con «los pequeños», es decir, los más necesitados, por tener una vida más vulnerable, débil o marginada. Aquellos que están por nacer, aquellos que nacen en situaciones de máxima debilidad, ya sea por enfermedad o por abandono, aquellos que tienen condiciones de vida indignas y miserables, aquellos aquejados de amarga soledad, que es una auténtica enfermedad de nuestra sociedad, los ancianos a los que se les desprecia como inútiles, a los enfermos desahuciados o en estado de demencia o inconsciencia, a los que experimentan un dolor que parece insufrible, a los angustiados y sin futuro aparente. Hemos de reconocer a la carne de Cristo en estas formas extremas de vulnerabilidad. La Iglesia está llamada a acompañarlos en su situación para que llegue hasta ellos el cuidado debido que brota de la llamada a amar de Cristo: «haz tú lo mismo» (Lc 10, 37).

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