En María contemplamos la belleza que salva el mundo

INMACULADA CONCEPCIÓN_ALOCUCIÓN EN COPE CÁDIZ EL 6 Y 8 DE DICIEMBRE DE 2019

Celebrar que María ha sido concebida sin pecado original nos llena de alegría y de esperanza. María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable. La Inmaculada María es receptiva, pero no pasiva. Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, pero después da carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en Ella, de igual manera en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe. Este misterio de la acogida de la gracia, que en María, por un privilegio único, no tenía el obstáculo del pecado, es una posibilidad para todos.

“En la Anunciación el arcángel Gabriel llama a María ”llena de gracia” porque ”en ella no hay espacio para el pecado; Dios la eligió desde siempre como madre de Jesús, y la guardó de la culpa original. María corresponde a la gracia y se abandona a ella diciendo al Ángel: ”Hágase en mí según tu palabra”. ”No dijo: ”Yo haré según tu palabra”. No, sino: ”Hágase en mí”. Y el Verbo se hizo carne en su seno. También a nosotros se nos pide que escuchemos a Dios que nos habla y que acojamos su voluntad; según la lógica evangélica nada es más operoso y fecundo que escuchar y acoger la Palabra del Señor” (Francisco, Inmaculada 2014).

El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados. Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.

El ver las estrellas / me cause enojos, / pero vuestros ojos /más lucen que ellas, escribió atinadamente Lope de Vega. Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios: su Madre.

María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, un inefable milagro de Dios, el más alto de todos los milagros. San Pablo VI la describe como la mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación. Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa.Santa María no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Una vida y un corazón humanos pero de Jesús. ¿Podemos, acaso, nosotros amar y entregarnos de igual manera? El corazón humano de María pudo hacerlo. Nosotros tenemos su propio corazón como un escalón a la Puerta Santa que es Jesús.

Con el ejemplo de la Santa Madre de Dios, no solo sabemos que podemos amar a Cristo, debemos amarle así porque la tenemos a Ella misma como intercesora. El corazón de María nos muestra todas las encontradas emociones que un corazón es capaz de sentir. Es tan grande y generoso, que es además nuestro propio refugio. Su corazón es, además de ejemplar y admirable, el consuelo para la aflicción. El corazón entregado de María debería enseñarlos a pedirle confiados a Dios: “Padre, mi corazón puede poco ¡Haz que te ame mas!”. Es a la Madre de Dios a quien hemos de acudir para pedirle que nos enseñe a amar más, a entregar más, a ser más justos, a rogarle que con su corazón dulcísimo nos proteja, nos enseñe, nos guíe.

En María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo, ha dicho el Papa. “En María esta belleza es totalmente pura, humilde, liberada de toda soberbia y presunción. ”Si nuestra existencia se deja transformar por la gracia del Señor no podremos retener para nosotros la luz que viene de su rostro, sino que la dejaremos pasar para que ilumine a los demás” (Francisco).

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