Que las consecuencias del Mes Misionero Extraordinario no desaparezcan de entre nosotros

Marcha misionera con jóvenes de nuestra Diócesis

Acabando el Mes Misionero Extraordinario con diversas Misas de envío: el domingo fue en Cádiz, hoy en Ceuta y mañana en Algeciras, para el Campo de Gibraltar. Demos gracias a Dios, y que las consecuencias de lo vivido permanezcan entre nosotros: el impulso de la vocación misionera, de llevar a Cristo al mundo, pues todos somos bautizados, y por tanto discípulos y enviados. También doy gracias y ruego por los que tienen una misión especial encomendada por la Iglesia -catequistas , profesores de Religión, etc.- y como no, por aquellos que lo dejan todo para ir lejos, fuera del hogar.

La dinámica del servicio es la dinámica del amor humilde que introduce Jesús en el mundo haciéndose Siervo, para que así nosotros seamos servidores. La dinámica de Jesús compasivo que se acerca una y mil veces a nosotros con el perdón, nos hace entender que los otros son merecedores de nuestro perdón. El amor es más grande que nuestro orgullo, seguridades, y vanas discusiones, porque estamos en deuda con Dios, por mucho que pensemos que los demás están en deuda con nosotros.

Hemos de entrar en esa dinámica del amor para ser verdaderos cristianos, bautizados y evangelizadores. Cuánto tiempo y energías perdemos a veces en la Iglesia por nuestras disputas internas, nuestro afán de prevalecer, el que nos den la razón, el quedar por encima… Que inconsistente parece todo al considerar que Jesús se ha hecho el último hasta morir en la Cruz. Nosotros debemos hacernos servidores sin buscar nada a cambio. Tiene mucho valor cuando asumís una responsabilidad evangelizadora dentro de la Iglesia. En la Iglesia todo o casi todo se vive en gratuidad, está hecho por voluntarios. Qué fuerza tiene la vida de la Iglesia cuando se hace presente en los barrios, en las comunidades, en la comunicación cristiana de bienes, en la caridad con los refugiados, inmigrantes, las personas sin hogar o sin esperanza.

Pero todo eso ha de brotar de un amor humilde, de un verdadero deseo de servir. Cuántas batallas acabarían y cuánto más fecunda sería la vida de la Iglesia si entráramos en ese amor de Dios, que es un amor espléndido, que es el amor que vence, el amor que llena, el amor que esperamos gozar en el cielo eternamente si el Señor se compadece de nosotros y por su misericordia nos invita a estar con Él. Esta vocación al amor de Dios, y desde Él a todos, es para cada hombre y mujer. Por eso el bautizado es misionero, capaz de abandonar su arrogancia, incluso sus bienes, y de irse a los lugares más inhóspitos y lejanos dejando toda seguridad. Porque es lo que Jesús ha hecho viniendo a nosotros, y quiere que todo el mundo llegue a gozar de ese amor espléndido.

Damos gracias a Dios porque la Iglesia es misionera. Que el trato con Dios en la oración y los sacramentos nos haga crecer en esa dinámica del amor y del servicio propia de Jesucristo nuestro Señor.

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