Los santos nos recuerdan la centralidad de Cristo y de la Iglesia, de la mano de María.

En la Peregrinación con la Pastoral Juvenil de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.

Los santos -ayer S. Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, y hoy hacemos memoria de S. Alfonso María de Ligorio (1696-1787), Doctor de la Iglesia-, nos enseñan la centralidad de Cristo y de su Iglesia, para introducirnos en la vida divina de los hijos de Dios sin que nada más importe tanto, y relativizando mucho todo lo que no tenga que ver con la práctica de una relación de intimidad con Él: “Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me basta, sin que os pida otra cosa.” (Oración de San Ignacio). Podría ser una manera de empezar nuestra oración diaria y silenciosa frente al Creador. El camino es María: “Esto es lo que pedís de mí, que yo ame a Dios; pues bien, esto mismo es lo que os pido: obtenedme la gracia de amarle y de amarle siempre. Este es el único deseo de mi corazón. Amén”. (San Alfonso María de Ligorio, las Glorias de María). ” Propone San Ignacio en los Ejercicios Espirituales: Demandar lo que quiero; será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga.”

Los santos, que han vivido y viven de Dios y para Dios, son quienes ahora nos marcan el camino para que se opere lo que Benedicto XVI denominó «la revolución de Dios», el paso a una humanidad nueva y renovada, donde reine el amor y la paz, donde la verdad nos haga libres y misericordiosos, donde se siga el camino de la felicidad que está, precisamente, en ese saberse creado y amado por Dios, en ese comprenderse hijo de Dios en todo. Al lado de esto, ¿algo debe ser considerado tan importante? Tantos requerimientos, que brotan de enaltecer el Yo caprichoso, egoísta interesado, ¿de qué nos sirven?

 “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de Él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad.” Papa Francisco, Gaudete Et Exsultate).

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