El amor de Cristo, una grave pero maravillosa responsabilidad

Jesús con su gracia nos ha rescatado para amar como Él nos amó. Su sacrificio, como Sumo y Eterno Sacerdote, es de una vez para siempre, y nos permite vivir el mandato del amor. La verdad es que si preguntamos espontáneamente a la gente, incluso no cristiana, cuál es el núcleo de “ser cristiano”, seguramente la respuesta sea el mandato del amor, amar a los demás. De aquí se deriva una grave pero maravillosa responsabilidad. No cabe duda de que, a partir de la existencia de la Iglesia en el mundo, a partir de Jesucristo, este principio ha regido la vida de tantas personas, que en la medida en que el pueblo cristiano ha sido más y más numeroso, ha ido configurando incluso la forma de vivir, la cultura, la legislación…

“Como yo os he amado”, nos dice Jesús, y aquí está la clave. Ya no es simplemente un precepto. Por lo menos se muestra un ejemplo: llegar a amar como Cristo. La verdad es que se nos pone el listón muy alto, porque hemos de amar como Dios, que por amor se hace hombre: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito.” (Cf. Jn 3, 16). Pero hemos de tener en cuenta el contexto en el que Jesús nos da el mandamiento nuevo: es el del Evangelio de hoy, el Cenáculo, la Última Cena, en el que anuncia su muerte y se entrega por nosotros. Por tanto, no es solamente un mandato ejemplar, bellísimo, que pone el listón tan alto, en este amor entregado hasta la muerte. Cristo dándose en alimento, consciente de su Pasión ya próxima, por su muerte salvífica, nos da la posibilidad de amar como Él.

Es decir, no solamente es amar “como yo”, según mi ejemplo, a mi estilo, como yo os enseño, sino amaos porque yo os he amado. No es solo “como yo”, sino “porque yo”. Y es que con su muerte y resurrección Cristo nos abre el manantial de la gracia de Dios, un torrente inagotable que entra en nuestra vida a través del bautismo y nos hace capaces de acoger en nuestro pequeño corazón el amor infinito de Dios que debe ir despojándolo, ensanchándolo día a día para amar con el amor de los santos.

Tenemos que darle gracias a Dios porque nos ha amado de esta manera. Nos ha salvado no solamente porque en el cielo nos vaya a acoger por toda la eternidad para gozar de su amor, sino porque aquí nos ha hecho hombres nuevos por su gracia. Pero esta gracia nos exige una correspondencia fiel, leal, disponible, y eso solamente se hace acudiendo a la fuente del amor que es la Eucaristía, donde nos encontramos con Cristo Resucitado, que nos recuerda que ha muerto en sacrificio por nosotros para perdonarnos los pecados y darnos la vida, donde podemos pedir perdón al Señor y escuchar su Palabra, y reconciliarnos dándonos la paz, y decirle: “Señor cuenta conmigo y haz Tu posible que yo pueda cumplir tu mandamiento de amar como tú nos has amado… porque tú nos has amado… como tú me amas, y porque tu con tu gracia me has rescatado para amar como tú.”

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