“Ungidos para ungir, cristificados para cristificar.”

MI HOMILÍA PARA LA MISA CRISMAL, 2019

Queridos hermanos todos, Pueblo Santo de Dios que participáis en esta celebración de la Misa Crismal; muy queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas, y seminaristas:

Hoy es un día especial, uno de los momentos más gozosos del año, un momento de renovación interior y compromiso. El Santo Crisma, es decir, el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos. Hemos sido ungidos para ser otros cristos, santos, por Cristo, con El y en El; pero lo debemos querer de nuevo, renovar radicalmente nuestro propósito.

Naturalmente, sabemos que cualquiera de nosotros, sacerdotes, como de vosotros laicos, podemos correr el riesgo de practicar una religiosidad que no sea auténtica, de buscar la respuesta en los deseos más íntimos lejos del corazón de Dios; es más, podemos llegar a querer utilizar a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos. Por eso debemos vigilar y cuidarnos para fortalecer nuestra fe, ya que se manifiesta frágil, nuestra confianza débil, y nuestra religiosidad contaminada por elementos meramente terrenos. Por todo ello, para llegar a este momento, la Iglesia no ha dejado de invitarnos en el tiempo de Cuaresma que ahora termina a recorrer un itinerario de verdadera conversión.

Hermanos sacerdotes: esta Misa Crismal es una auténtica celebración que debería hacernos vibrar de gozo y, al mismo tiempo, estremecernos de responsabilidad por celebrar la santidad de la Iglesia, ungida por el Espíritu Santo, y por el valor inconmensurable del sacerdocio de Cristo, del que participamos los llamados por el Señor, siendo tan indignos y pobres pecadores, por más que hemos aceptado su voluntad, eso sí, con el compromiso de ser santos, algo que frecuentemente vemos tan lejos de realizarse. Los sacerdotes, a pesar de todo, renovaremos las promesas que hicimos a Dios en el día de nuestra ordenación ante el Pueblo Santo de Dios, porque queremos sinceramente comprometernos de nuevo, con la gracia de Dios. Es evidente que este momento tan íntimo supone estar verdaderamente dispuestos a decir que sí, que queremos estar más fuertemente unidos a Cristo, que queremos configurarnos con Él, para seguir aceptando los sagrados deberes de servir a la Iglesia. Aprovecharemos esta oportunidad para afirmar a Nuestro Señor de todo corazón que queremos seguir entregando la vida por Él y por la salvación de los demás con fidelidad y amor. Esta es nuestra responsabilidad; para esto el Papa Francisco nos hace salir a la calle, implicarnos en este mundo para ayudar a todos los hermanos, especialmente a los más desfavorecidos. Como sacerdotes no somos “dueños”, ni de la fe ni de la Iglesia, sino servidores, para que cada uno de nuestros fieles, en comunión con la Iglesia, pueda crecer en la fe, la esperanza y la caridad que compartimos, y ser testigos del evangelio.

La Misa Crismal –dice el Ritual— que celebra el Obispo con los presbíteros de la Diócesis, en la que se consagra el santo Crisma y bendice los restantes óleos, es una manifestación de la plenitud sacerdotal y un signo de la especial comunión entre los presbíteros con el Obispo. Jesucristo nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Ungidos para ungir, cristificados para cristificar. Hoy renovaremos nuestros compromisos con el Señor y la promesa de fidelidad al servicio de la unidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Gracias, queridos sacerdotes, por vuestra entrega a Dios y a los demás. Sin duda el mundo es mejor gracias a la vida y testimonio de los sacerdotes, todos vosotros, sembrando consuelo, esperanza y caridad. Gracias por vuestro trabajo abnegado, generosidad y entrega. Demos gracias a Dios, y recordemos y pidamos también por nuestros sacerdotes ancianos, por los enfermos y por cuantos sufren por alguna situación material o espiritual.

El sacerdote, ciertamente, encuentra a diario muchas razones para ser feliz, cuando se abandona en Dios, se confía en sus manos y le sostiene la fe y la confianza en Nuestro Señor. Esta es la razón que le da seguridad para proponer la luz de Dios e iluminar el caminar del pueblo que le ha sido encomendado. El sacerdote sabe que Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en Él la fuente de nuestra auténtica felicidad, paz y alegría. Solamente el agua viva del Espíritu que ofrece Jesús puede calmar nuestra sed. El Papa Francisco señalaba tres rasgos significativos de nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge interiormente (la que nos hace amables colaboradores, no la que nos hace presuntuosos, engreídos, o jueces críticos de los demás); es una alegría incorruptible (porque es divina, graciosa, eterna, que sabe a cielo, transmite paz y caridad); y es una alegría misionera que atrae a todos, comenzando por los más alejados, e irradia benevolencia y consuelo.

Esta alegría, como sabemos, no la da el mundo: es fruto de una fidelidad más profunda que el cumplimiento de unas normas eclesiásticas. La comunión fraterna, la unidad, son fruto del amor y la humildad, uno de los signos más bellos de la Iglesia, que suponen una expropiación, la virtud heroica, la asimilación de la mente y del actuar del mismo Jesús hasta el martirio. En otras palabras: suponen la santidad sacerdotal y una exquisita caridad. Sin embargo, abusar de nuestra posición, servirse de la Iglesia, romper la unidad, crear la división, etc. son graves pecados que atentan contra el Señor, desfiguran su imagen y la de su Santo Pueblo. He aquí por qué renovamos intencionadamente las promesas sacerdotales que definen nuestra entrega al mismo Cristo, a quien hemos jurado fidelidad para siempre. Son fruto de su gracia, pero también de un grandísimo amor con el debemos corresponderle.

El sacerdocio ministerial nace en la Cena del Señor que ahora estamos celebrando. En cada Eucaristía bien vivida está el motor de nuestra entrega, la identificación con nuestro amigo y Señor, la fuente de la paz y del amor a los demás. Es nuestra escuela de santificación en la ofrenda de la vida con El. En el mismo altar, en torno al mismo Cristo del que procede la nueva vida para el mundo, queremos ofrecernos ahora otra vez, para morir con El, para vivir con El y para El. Es, así mismo, la escuela del compartir, donde aprendemos a darnos a los necesitados, a ver en ellos el rostro de Cristo.

La sociedad mira hoy a los sacerdotes con disgusto y turbación ante los escándalos que afectan a la credibilidad nuestra y de la Iglesia. Los fieles y el mundo reclaman de nosotros algo más que ejemplaridad: santidad de vida, comunión, que seamos motores de virtud, de servicio para el consuelo todos, acompañantes de cada uno en el difícil itinerario de la vida para crecer en esperanza y ser motores de unidad. En una palabra: nos pide que seamos “pastores según su Corazón”. La consagración de la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús ha de llevarnos a lo íntimo de este amor infinito del que ha partido nuestra vocación para pedirle vivir sus sentimientos de fidelidad al Padre, un amor abnegado como el del Buen Pastor, la compasión con los pecadores, el consuelo de los afligidos, y, sobre todo, un corazón “manso y humilde”, capaz de obedecer con docilidad y de amar con totalidad, con auténtico fervor, que encienda los corazones; amar con olvido de si mismo y entrega radical, abrazando la cruz de cuantos nos rodean y la de nuestros propios pecados, temerosos siempre de no escandalizar.

El camino de nuestra vocación y misión está marcado en nuestra consagración viviendo los consejos evangélicos, un verdadero itinerario de profunda transformación que ha de vivirse con pasión, con verdadera intención, con propósito de crecer, como lo vivieron los apóstoles y los santos pastores que nos han precedido en la fe. Este es el camino de conversión, la sincera vuelta a Dios, que nos ha mostrado el Papa Emérito en su pronóstico para superar la crisis de hoy: sólo la profunda reverencia a Dios –amado con todo el corazón—, la absoluta devoción al Señor en la Eucaristía venerada con unción, el respeto de su santa ley –fruto de la fe—, y la paciencia martirial harán posible dar ese salto de calidad capaz de mostrar al mundo la luz de Cristo, siendo así levadura y sal, un “hábitat de fe”, un lugar de caridad que como “hospital de campaña” (en expresión de Francisco) acoja a los heridos de este inhóspito mundo amnésico de Dios.

Por mi parte, me hago muchas preguntas que comparto con vosotros para concretar: ¿he crecido en este último año como pastor? ¿animo la evangelización y me presto al trabajo en equipo? ¿vivo con sincera docilidad la formación permanente, expresión de la comunión fraterna y medio indispensable para crecer con sentido de presbiterio, tal como lo exige hoy el Santo Padre en la nueva Ratio, actualizada ya para nosotros? ¿favorezco la unidad o soy causa de desaliento o de división? ¿supero la mundanidad con visión sobrenatural, abierto a la escucha de Dios en la oración?

Estamos en un momento crucial de la Iglesia: podemos quedarnos estancados o seguir creciendo. Cada uno podría encontrar razones para alimentar la resignación o la esperanza, para auto-convencerse de sus inercias, para seguir en sus rutinas, o lamerse sus propias heridas sin dejarse curar. Yo apuesto con toda mi alma por la esperanza, por el crecimiento, la fraternidad entre nosotros, la comunión y el trabajo apasionado por anunciar a Cristo, y por gustar y dar a conocer la belleza de la Iglesia santa, ungida por el Espíritu, llena de testigos –mártires— y confesores de la fe.

El ministerio que Dios me ha confiado a mi me obliga a crecer personalmente y procurar hacer crecer la diócesis, y hacerlo con todos vosotros, mis queridos sacerdotes, trabajando unidos, pero también, en todo momento, siendo fieles a la verdad y solidarios en la caridad. Comprendo, sin embargo, que mi corazón pequeño tiene que agigantarse según las dimensiones de Cristo y de su Iglesia. La misión recibida ha de hacernos vibrar para volver a escuchar juntos la llamada que nos hace Jesús junto al lago de Galilea, y salir de nuestros gustos para dedicar todo el afecto y energía a predicar su Evangelio y a construir su Iglesia con ese amor excesivo suyo que nos hace caminar juntos y en comunión, a pesar de todas las dificultades y de todos nuestros pecados. Pido insistentemente al Señor que conmueva nuestro corazón con su caridad para dejarnos amar según sus criterios, con la humildad de dejarnos ayudar, con la magnanimidad de su amor, con el fuego de su celo pastoral. Espero y confío en vosotros para que, unidos, nos ayudemos a llevar las cargas, afrontemos los retos de la evangelización y del testimonio, con obediente servicialidad, con docilidad a la Iglesia, con espíritu evangélico de superación, ayudándonos unos a otros, por encima de todo, a ser mejores sacerdotes.

Queridos hermanos sacerdotes, y todo el pueblo de Dios: abrid vuestros oídos y escuchad en el corazón la voz de Dios. La Iglesia no se cansa de instarnos a vivir como santos el amor y el estilo de Cristo. Dejemos que, como consagrados que somos, se despliegue hoy en nosotros todo el dinamismo del amor de Cristo. Que el amor inagotable del corazón de Jesús nos transforme en don para los demás. AMEN.

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