Demos infinitas gracias a Dios por nuestros sacerdotes

Se acerca el día del Seminario, alrededor de la festividad de San José. Hemos de orar por las vocaciones al sacerdocio. Sobre todo, demos infinitas gracias al Señor por ellos, por los sacerdotes, por su trabajo abnegado y a veces poco comprendido y recompensado, por su fidelidad en las pruebas –como sucede con la inmensa mayoría—, al lado de nuestros enfermos, ancianos, pobres, familias, etc.; por prestarse a actuar en nombre de Cristo sin desfallecer consolando, aconsejando, perdonando, luchando en favor de la dignidad de las personas más olvidadas. Dios llama a sus sacerdotes en determinados contextos humanos y eclesiales, a veces, imprevistos. Y Dios mismo envía a estos amigos íntimos que hace sus ministros ordenados para servir al Evangelio de su Hijo. No tengamos miedo. Dios seguirá enviando obreros a su mies para que la apacienten según el Corazón de Cristo, con nuestra oración y apoyo. San José, que custodió como padre de Jesús, ha de cuidar también a estos llamados –seminaristas y sacerdotes— y a nuestras familias para que, atentos a la llamada de Dios, nos pongamos a su servicio para dar al mundo lo que más necesita: el consuelo del amor y del perdón de Dios, el gozo de creer, la experiencia de los hijos de Dios para vivir con una esperanza cierta que no defrauda.

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