Lo que nos distrae del amor nos impide ser felices

MI MENSAJE POR LA JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA

En la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que celebra la Iglesia el día 2 de febrero hemos de reconocer la presencia del amor de Dios. Demos gracias a Dios por las personas consagradas que desde la diversas vocaciones y formas de servicio son presencia elocuente del Amor de Dios en el mundo. Así lo experimenta nuestra diócesis enriquecida por tantas comunidades –muchas de ellas recién venidas— que viven entre nosotros actualizando día a día su consagración a Dios para entregarse a su carisma particular.

Todo nace en un encuentro personal con Jesús, el Señor. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos (EG, n. 3). Cada uno de los bautizados es transformado por la acción del Espíritu Santo, pero, además, las almas que se prestan a su acción silenciosa y constante pueden llegar a la madurez cristiana a través de sus siete dones, embelleciendo así el rostro de la Iglesia y a cada uno de los bautizados. El encuentro con Cristo es un encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva. La celebración de hoy es, pues, una nueva ocasión para entrar cada uno en lo íntimo de sí mismo, para ver qué es lo esencial, lo más importante para nosotros, y qué nos está distrayendo del amor y por tanto nos impide ser felices. El amor de Dios es fiel siempre, no desilusiona, no defrauda. Cristo, mirándonos a los ojos y amándonos, nos pide que le sigamos, compartiendo con los demás lo que tenemos y lo que somos. Trabajemos todos por «la cultura del encuentro» con Cristo, que se inicia con la acogida del amor de Dios que devuelve el sentido a la propia realidad y nos impulsa a narrar a otros las maravillas de este amor, que nos lanza a la evangelización con la palabra y las obras que fluyen de una existencia transfigurada. Esta Jornada debe ser una ocasión para promover el conocimiento y la estima de la vida consagrada como forma de vida que asume y encarna el encuentro con el amor de Dios y con los hermanos, manifestado en la entrega profética desde cada carisma fundacional.

Queridos consagrados: sois memoria viva de Cristo que se entrega al Padre con una entrega total, y un testimonio vivo de que el encuentro con Dios es posible en todo lugar y época, de que su amor llega a todos los rincones de la tierra y del corazón humano, a las periferias geográficas y existenciales. Vuestra vida consagrada es la respuesta del encuentro personal con Dios, que se hace envío y anuncio y que provoca infinidad de nuevos encuentros. De vuestra respuesta ha brotado una cascada imparable de compasión y de fe que nunca debería agotarse. Sed fieles y mostrad con gozo vuestra vocación, sin desánimo, sino entregados con gozo a vuestra misión.

Demos gracias a Dios por nuestros consagrados, religiosos y religiosas, que viviendo los consejos evangélicos son un don y un anuncio elocuente con su vida de la felicidad que el Señor concede a sus amigos, a cuantos le siguen como discípulos. Pidámosle que siga haciéndose presente de modo que nuestro mundo actual pueda descubrir el atractivo de la belleza divina que llena nuestros corazones.

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