La gracia de vivir cada día como el último

Tenemos una vida en el tiempo, en la cual nos encontramos ahora, y otra más allá del tiempo, en la eternidad, hacia la cual se dirige nuestra peregrinación. El tiempo de cada uno es una parte importante de la herencia recibida de Dios; es la distancia que nos separa de ese momento en el que nos presentaremos ante nuestro Señor con las manos llenas o vacías. Sólo ahora, aquí, en esta vida, podemos merecer para la otra. En realidad, cada día nuestro es un tiempo que Dios nos regala para llenarlo de amor a Él, de caridad con quienes nos rodean, de trabajo bien hecho, de ejercitar las virtudes, de obras agradables a los ojos de Dios. Ahora es el momento de amasar ese tesoro que no envejece. Este es, para cada uno, el tiempo propicio, éste es el día de la salvación. Pasado este tiempo, ya no habrá otro.

El tiempo del que cada uno de nosotros dispone es corto, pero suficiente para decirle a Dios que le amamos y para dejar terminada la obra que el Señor nos haya encargado a cada uno. Por eso nos advierte San Pablo: andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, mientras se puede trabajar. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

San Pablo, considerando la brevedad de nuestro paso por la tierra y la insignificancia que tienen las cosas en sí mismas, dice: “pasa la sombra de este mundo”. Esta vida, en comparación de la que nos espera, es como su sombra.  Cualquier año puede ser el mejor año si aprovechamos las gracias que Dios nos tiene reservadas, que pueden convertir en bien la mayor de las desgracias. Para este año que ha comenzado Dios nos ha preparado todas las ayudas que necesitamos para que sea un buen año. No desperdiciemos ni un solo día. Y cuando llegue la caída, el error o el desánimo, recomenzar enseguida. En muchas ocasiones, a través del sacramento de la Penitencia.

Que tengamos todos un buen año. Que podamos presentarnos delante del Señor, una vez concluido, con las manos llenas de horas de trabajo ofrecidas a Dios, de apostolado con nuestros amigos, de incontables muestras de caridad con quienes nos rodean, de muchos pequeños vencimientos, de encuentros irrepetibles con el en la Comunión. Que cada uno concrete su actuación.

Hagamos el propósito de convertir las derrotas en victorias, acudiendo al Señor y recomenzando de nuevo. La Virgen nos otorgará la gracia de vivir este año que comienza luchando cada día como si fuera el último que el Señor nos concede.

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