“No es fácil desarrollar hoy una cultura de la solidaridad, pero la persona doliente no puede esperar”

MI MENSAJE PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES – 18 DE NOVIEMBRE DE 2018

40284183045_23ef23251d_oQueridos fieles de Cádiz y Ceuta:

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” es el lema para la II Jornada Mundial de los pobres. Se celebra el 18 de noviembre. El Papa nos invita vivir esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio, de la caridad, del valor de cada persona. Nos dice Francisco: “No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene”. Hay muchos empobrecidos en exclusión social entre nosotros, ciertamente, con graves situaciones laborales y familiares. No podemos olvidarnos de ellos ni un instante. El cristiano no debe hacerse la ilusión de buscar el verdadero bien de los hermanos, si no vive la caridad de Cristo. Aunque lograra mejorar factores sociales o políticos importantes, cualquier resultado sería efímero sin la caridad. Afortunadamente están presentes y generosamente atendidos en nuestras parroquias y en los programas de atención de Cáritas Diocesana, siempre cuidadosos, superándose en atenciones, dadivosos al extremo.

Permitidme que ponga hoy mí mirada en esos otros pobres y excluidos tan cercanos que viven en una situación de desesperanza y dolor inigualable: los emigrantes que atraviesan el estrecho dejando a su paso un reguero de lágrimas y muertos. No nos hemos acostumbrado – ¡afortunadamente!— a la tragedia que nos visita sin cesar. El mundo entero se conmueve ante este sacrificio permanente que nos golpea cada día. El drama de la inmigración sigue golpeando nuestra costa estimulando nuestra caridad cristiana, pero sigue también provocando una gran indignación, angustia y dolor. Sí, migrantes, a menudo en situación administrativa irregular, o de cultura y religión diferente. En cualquier caso, personas, prójimo, y bien cercanos.

Muchísimas gracias a la Delegación para los Emigrantes, a los voluntarios de Cáritas y a las asociaciones benéficas, que se vuelcan con generosidad. ¡Gracias! Gracias porque trabajan y denuncian una situación de proporciones inmensas que somos incapaces de abarcar. Queremos escuchar y dar respuesta al “grito de los pobres”. Su rostro es a menudo el de personas que llegan huyendo de la pobreza o la violencia en sus países de origen. Ayudemos especialmente a estos inmigrantes tan abruptamente llegados, compartamos nuestros bienes y nuestro tiempo, ofrezcamos un consuelo reparador para sus heridas, oremos por los difuntos, enterremos a sus muertos. Que en la oscuridad de la noche no les falte el calor ni el consuelo de Dios. Ojalá que puedan decir: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” (Salmo 34,7). Ha dicho el Papa Francisco. “Para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. Apost. Evangelii Gaudium, 198)”. En efecto, lo primero que necesitan es la mano tendida de un hermano o, aún mejor, sentirse tenidos ellos mismos por hermanos, iguales, personas con dignidad. Más aún, en su condición de radical necesidad. Después vendrán las políticas, o no. Mientras tanto, la misión de los cristianos no puede terminar con un socorro asistencial. Tocar la carne de los pobres conduce a compartir también la convivencia, a escuchar e integrar. El servicio a los pobres puede ser un camino providencial para encontrarse con Cristo, porque el Señor recompensa con creces cada don hecho al prójimo (cf. Mateo 25, 40).

Como ciudadanos responsables que buscan el bien social, busquemos la justicia y reclamemos, asimismo, sus derechos. Resulta incomprensible que los problemas no tengan solución si hay conciencia humanitaria y voluntad de ayudar. Es evidente que hay criterios y posturas políticas discutibles y diferentes. Precisamente por ello se ha de dialogar en los foros políticos y sociales, y actuar. Es urgente, no obstante, que se tomen las decisiones políticas necesarias que resuelvan este problema que afecta a todos y determina el presente y futuro de la sociedad.

El espíritu del mundo altera la tendencia interior a servir desinteresadamente e impulsa a satisfacer los propios intereses particulares. Intensifiquemos por nuestra parte la atención al prójimo; pongamos en ello nuestro corazón y acción. No es fácil desarrollar hoy una cultura de la solidaridad, pero la persona doliente no puede esperar. En este campo, como en las demás iniciativas de solidaridad, son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana. Por añadidura la colaboración con otras personas y grupos que no están motivadas por la fe sino un noble deseo humanitario, hace posible brindar una ayuda mayor que solos no podríamos realizar. El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta plenamente evangélica que podemos realizar.

Muchos necesitados encontraron en esta Jornada de los Pobres celebrada ya el año pasado el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera simple y fraterna. Hagamos lo posible para que de nuevo ahora redescubramos el valor de estar juntos con cercanía y sencillez, y de ayudar a los demás bajo el signo cristiano de la alegría. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad que nos impulsa a conducir a todos hacia Dios y a la santidad. Quien se presta a servir en las manos de Dios es instrumento para que se reconozca su presencia y su salvación, convencidos de que los menesterosos son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40).

En la medida en que seamos capaces de discernir el verdadero bien seremos ricos ante Dios, además de sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: cuando se logra dar el sentido justo y verdadero a los bienes, a nuestro tiempo y a nuestra vida, cuando somos capaces de amar, cuando sabemos compartir, crecemos en humanidad.  “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35), dijo el Señor. El creyente experimenta una profunda satisfacción siguiendo la llamada interior de darse a los otros sin esperar nada. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Intensifiquemos nuestra caridad.

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