El modelo del cristiano no es el “practicante”, sino el discípulo

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Algunas veces, y entrecomillo para que se me entienda, podemos tener un exceso de “confianza” en Dios. Efectivamente, el hombre antiguo era enormemente miedoso, tenía pavor a la manifestación de Dios y a su poder. Nos hemos acostumbrado a un Jesús que es cercano, que no nos da miedo, que sale a nuestro encuentro, que casi se pone de rodillas mendigando nuestro amor, y todo esto es cierto pero, la respuesta adecuada a tanto amor no creo que sea la de mal acostumbrarse. Nosotros hasta nos permitimos despreciarle de vez en cuando: “a ver si te portas bien y si  no, no te quiero”; “no me has concedido lo que te he pedido así que ya no voy a misa”. Evidentemente Jesús no nos da ni nos quiere dar miedo, pero a veces lo utilizamos un poco a nuestro servicio. A veces no servimos a Dios sino que nos servimos de Dios. Quiero que me dé una gracia y cuando me la da: ya no cuentes mucho más conmigo. ¿Es esta una confianza real en Dios?

Nosotros creemos en Jesús que, como dice la Carta a los Hebreos, es este Sacerdote que se puede compadecer de nosotros, es compasivo, pero es que además, al Dios hacerse hombre, conoce nuestro dolor, nuestra aflicción, nuestra vida. Más todavía: su sacerdocio no es humano, sino que viene de Dios, es divino y por eso, desde nuestra misma debilidad, puede salvarnos. Por eso es tan importante la fe, de la que brota la auténtica confianza. Porque la fe no es solo el movimiento por el que yo busco a Jesús para que me salve. A través de la fe recibo el poder de Jesús que se nos da a través de los sacramentos. Él nos enseña esa entrega de la vida, porque es sacerdote y nos ha mostrado de qué forma debemos dar culto y honra a Dios. Él ha ofrecido su vida, y nosotros debemos ofrecer también la nuestra. Para esto nos da el impulso de la gracia en el Bautismo, en la Confirmación, la Confesión, y en cada Eucaristía, para que vivamos nuestro sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial por supuesto también, entregando la vida por Él.

Hoy la Iglesia nos hace una llamada constante. El Papa Francisco no hace más que repetirlo. El modelo del cristiano es el discípulo. ¿Por qué el discípulo y no el creyente? Antes decíamos el creyente, practicante, no practicante… Más que “practicar”, esto es una vida, y el que cree, ama y sigue a Jesús. Y el discípulo es el que sigue al maestro. El discipulado nos indica una dinámica, un dinamismo. No se puede ser discípulo sin moverse, dejando que el Señor vaya por ahí y nosotros enterándonos de dónde está “por los periódicos”. El discípulo le sigue, le sigue estrechamente, y le sigue donde tenga que ir ,para transformar el mundo, para comunicar el amor de Dios Padre, a la pasión y a la resurrección. El ciego Bartimeo (Cf. Mc 10, 46-52), que a Su llamada deja rápido el manto, lo poco que tiene, para seguir a Jesús, es un modelo para nosotros. Dios nos ha dado la fe y ésta debe ser nuestro motor.

Hace nada el Santo Padre ha clausurado en Roma el Sínodo sobre los jóvenes, para mostrarles la belleza de la fe. Qué importante es poder mostrar a Cristo, que pasa por nuestros caminos, que pasa por el camino de los jóvenes, mostrándoles el valor de la vida, dándoles la verdadera luz a los ojos, el amor más grande en el corazón, para que no pierdan la vida distraídos, o engañados en tantos espejismos, sino que puedan descubrir al Señor y a la luz de Señor, el valor de su vida, que es tan necesaria para entregarla a los demás, para la salvación del mundo, para el desarrollo humano de las sociedades, para la búsqueda de la justicia, de la paz, para el anuncio misionero del Evangelio. Cada uno de nosotros tenemos que darle gracias al Señor y decirle: también yo estoy alegre, por eso estoy aquí, porque tú me amas; pero que no sea remolón a tu llamada, que no me quede simplemente en la acción de gracias pasiva diciendo qué bueno has sido conmigo, sino que de verdad viva una fe despierta, dispuesto siempre a seguirte, acrecentando mi trato contigo en la oración , mi capacidad de amarte y de entregar la propia vida en la misión para la que Tú me llames.

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