“La santidad no puede entenderse sin acoger a Cristo en el pobre y el sufriente”

asamblea_caritas_06_10_18.jpgHemos de ser conscientes de la situación social de nuestra diócesis, marcada por una pobreza que arrastra situaciones antiguas, agravadas últimamente por la crisis económica cuyos efectos aún están presentes, emparentada con la falta de empleo y la grave exclusión social de muchos. Por ello hemos de agradecer aún más el fuerte sentido de solidaridad y conciencia cristiana que se manifiesta en tantas ayudas de voluntarios, económicas y de bienes. La Iglesia, servidora de los pobres, trabaja sin descanso por acercarse a cada uno y ofrecer remedio a pesar de la precariedad de lo que puede disponer, estimulando siempre entre sus fieles la comunicación cristiana de bienes.

La Iglesia en salida misionera a la que nos invita el Papa necesita encarnarse desde la acción caritativa y social. “El kerigma – dice el Papa– tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad” (EG, 177). De nuevo ha expresado esta centralidad de la caridad: “Decía san Juan Pablo II que «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse». El texto de Mateo 25, 35-36 «no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo». “En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse (…) Ante la contundencia de estos pedidos de Jesús es mi deber rogar a los cristianos que los acepten y reciban con sincera apertura, «sine glossa», es decir, sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas, porque la misericordia es «el corazón palpitante del Evangelio» (GE 96-97)”.

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