“No somos huérfanos. Tenemos una madre que toca nuestras conciencias y renueva nuestras vidas.”

MI HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO, PATRONA DE CÁDIZ

festividad_patrona_cadiz_2_07_10_18-1024x652.jpgQueridos hermanos, Pueblo Santo de Dios: Cabildo Catedral, hermanos sacerdotes, autoridades civiles y militares, hermanos cofrades del Secretariado Diocesano y del Consejo Local, seminaristas, consagrados y consagradas.

La Virgen María ha estado en el centro del Jubileo Diocesano, el Año de gracia que acabamos de clausurar. Hace un año estábamos celebrando esta solemnidad en la Catedral. Nuestra presencia es hoy, especialmente, una acción de gracias. María es Madre para todos sus hijos, siempre, nuestro apoyo. Nuestra historia demuestra que su presencia ha sido auxilio eficaz y recurso amoroso en todas nuestras dificultades, el soporte de nuestra esperanza. La Virgen del Rosario nos abrió las puertas del Jubileo visitándonos por las parroquias. María ha estado presente en sus fiestas y peregrinaciones, y, finalmente, le agradecemos su intercesión. Hoy queremos honrarla, mostrarle nuestro amor, fortalecer con ella nuestra fe. En esta Misa debemos agradecer el bien recibido, la conciencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, tomar conciencia de nuestra tarea.

“Bendita tu entre las mujeres”, le dice Isabel. Lo repetimos agradecidos porque María visita siempre a los suyos, a nosotros. En ella está representado el abrazo de Dios a nuestra pobre humanidad. Eso es el cristianismo. La certeza de que Dios que es Amor, pueda venir a las entrañas de una mujer, hacerse uno de nosotros, compartir las fatigas de cada día, compartir nuestros dolores, nuestro sudor, las traiciones de la mentira y del engaño, y de las debilidades y del pecado de los hombres, y eso hasta la muerte (y la muerte más ignominiosa que los hombres hayamos podido imaginar), que Dios sea así, eso es justo lo que revela que el Dios cristiano es el Dios verdadero, porque es el Dios que es Amor. Pido a Dios, sobre todo, que nos conserve el asombro ante el don de Dios y gratitud por nuestra filiación divina y por María.

Venimos cada año en la Fiesta de la Virgen del Rosario, desde 1730, para renovar un voto. Es un signo de amor y de fe ante su visita constante a sus hijos. Se trata de recordar algo real, que ha sucedido en nuestra vida, en la historia, en nuestros dramas y aflicciones, cuando nos ha liberado –objetivamente hablando— de nuestros sufrimientos (epidemias, pestes, terremotos…) en los sucesos en que éramos incapaces e impotentes ante el mal. Hablamos, pues, de la vida real, no de literatura romántica. Porque el abrazo de Dios con la humanidad en Cristo, con las personas, es real, no ficción. Sólo un Dios que es Amor es capaz de llenarlo todo, da razón y respuesta a nuestra vida y la llena de sentido, pues es capaz de trascender todas las heridas, todas las pobrezas, todos los límites que el amor que es de este mundo tiene siempre. La Virgen María nos introduce en el realismo de la intervención de Dios, en el realismo de la fe.

También hoy son evidentes las dificultades sociales, políticas, económicas, de convivencia en las que nos encontramos. Acudimos a ella no solo por vernos libres de estos problemas, sino para acoger el desafío de esta época con sus cambios (realmente un “cambio de época”, como nos señala el Santo Padre en Evangelii Gaudium), su cultura, con identidad cristiana, con un nuevo conocimiento del Misterio de Dios y aceptando la llamada a la santidad que nos hace el Señor (cf. Gaudete et exultate). Esta es la repuesta: ser santos. Nuestra fe es don y tarea, provoca nuestra responsabilidad. Somos responsables del mundo.

¿Cómo nos enseña María? María nos enseña la lógica de la Encarnación, nos pide que nos impliquemos en la misión. El Espíritu de Cristo conduce a la Iglesia, pero no lo hace sin implicarnos. María junto a nosotros, como maestra y modelo, figura de la Iglesia. “Todo es gracia”, pero la gracia no suprime la libertad, la crea. Para ello debemos dejarnos iluminar por el Hijo de Dios hecho hombre, que nos hace más humanos (cf.GS 41) y descubrir el valor del bautismo, la plenitud bautismal. Necesitamos empaparnos del evangelio para servir, descubrir que la fe no es un añadido del que se puede prescindir sin consecuencias. Sin Dios sufre nuestra humanidad, la fidelidad familiar, la paz social, la caridad, el servicio desinteresado al bien común, pero Dios en nosotros, a través del bautismo, vive e interviene en el mundo.

Decía Francisco en Colombia (9 sept.2017) que “el protagonista de la historia es siempre mendigo”. Es, pues, tiempo de petición y mendicidad, para cuidar de nosotros mismos, para percibir la llamada al don. Somos siempre mendigos que, para acoger la misión, necesitamos silencio, meditación contemplativa, memoria de la actuación de Dios. María acoge la Palabra de Dios en el silencio de Nazaret, en la vida oculta y pública, y en el Calvario. Por eso es fecunda. La Virgen nos llama fuertemente a vivir la fe, que es el camino de los santos, la belleza más convincente de todas y la más elocuente, como nos lo acaba de pedir el Santo Padre en su carta Gaudete et exultate, y lo reclaman los jóvenes en estos días del Sínodo. Vivamos, pues, como verdaderos discípulos del Señor arrastrando a los demás con la belleza del testimonio.

Los seguidores de Cristo son los discípulos que, en total docilidad, en obediencia, conjugan gracia y libertad. Sin resistencias ni “privatización” de la fe, la gran tentación de la secularización que la deja como una opción más. “Somos cristianos pero vivimos como paganos”, decía Francisco.   El mundo se empeña en vivir como si Dios no existiese, basado en la conciencia autónoma kantiana, que apoya la autonomía de la persona y la emancipación de Dios. Pero la consecuencia de la muerte de Dios es el imperio del egoísmo y la voluntad de poder, que impone una sociedad contra si misma, contra el propio hombre (cf. H. de Lubac, El drama del humanismo ateo), con nuevas tiranías y fundamentalismos.

Como discípulos de Jesús hemos de participar en los sentimientos de Cristo para redescubrir la fe como un acontecimiento de gracia y libertad. Jesús no es una teoría. Es un “hecho”, un acontecimiento, vida que hace renacer a las personas. La docilidad cristiana es adhesión a quien da la vida, y la fe es participación en el modo de ver de Jesús (Francisco, LF 18). Es necesario vivir en obediencia amorosa para encontrar la verdad y la libertad, pues no se contraponen.  Hoy vivimos la paradoja de la libertad, del mito de la libertad opuesto a la obediencia. Contraponemos la verdad al amor, confrontamos la justicia y la misericordia. Cristo, sin embargo, es la Verdad y es el Amor, por lo que seguir a quien es Camino, Verdad y Vida, es entrar en el camino de la libertad.

Cada día debemos verificar nuestra fe, actualizarla, entrar en su dinamismo para convencernos de verdad y convencer, para entrar en una relación amante, consistente, que me fundamenta, pues si no se verifica en nuestra vida favorecemos la apostasía (cf. Benedicto XVI, Porta fidei 2). Es tiempo de ese encuentro con el Señor donde se da el seguimiento: “tu sígueme” (Lc 9, 57-62). Quien encuentra el tesoro (cf. Mt 13,44) lo deja todo, sin trampas, con total libertad. Hemos de aprender a vivir como signos de un amor consistente, despojándonos del “hombre viejo” (Col 3,9-11), como hijos “herederos” (Gal 4), capaces de heredar, de asimilar la vida que depende de Dios, pero que nos hace dueños de las cosas y vencedores. Sin duda, nuestro mayor enemigo es el pecado, que nos hace esclavos y aparta del amor.

María, con su “sí”, permitió a Dios hacerse hombre en su carne. La mujer de la obediencia es la enteramente libre. El triunfo de María es el modelo de lo que Dios quiere hacer en nosotros, siendo uno en la verdad y el amor. Ella quiere ayudarnos a hacer la voluntad de Dios, a encontrar en el nuestro bien, a vencer el pecado y hacernos promotores de un amor eterno que nos diviniza haciéndonos entregados.

Vivamos como discípulos en esperanza. La esperanza es el amor de Cristo que alcanza nuestro presente, un amor presente que aligera la tribulación, un motor que supera lo provisional. La esperanza no se reduce al más allá, sino que nos hace vivir habitando con valentía la historia, acogiendo la fatiga de la vida, el presente con el esfuerzo del camino (cf. Benedicto XVI, Spe salvi 1); superando el desánimo con la certeza de que Cristo nos acompaña y nos carga sobre sus hombros. Ciertamente superamos las pruebas cuando Él es nuestra fuerza: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). Pero hemos de superar la enfermedad de hoy de separar la fe de la vida para ser testigos de la esperanza.

Para vivir en esperanza hay que hacer memoria. “María guardaba todas las cosas en su corazón” (Lc 2,19). Nuestra alianza con Dios es presente, persiste cada día. No puede caer en el olvido. La esperanza nos permite vivir la misericordia, que regenera lo humano con el perdón de Dios y extrae el bien de todas las formas de mal. El Hijo de Dios entra en el tiempo y santifica el tiempo. Por esto la Eucaristía es el sacramento de la esperanza que transforma nuestra vida en el tiempo.  María es la Madre que trae a Jesús al mundo, a nosotros. Ella nos anima en la evangelización. La historia sigue, pero ha sido transformada. María hizo de un establo la cuna del Hijo de Dios, le cuida, acompaña, le sigue como discípula, nos engendra en el Calvario, nos acoge en el cenáculo. No somos huérfanos. Tenemos una madre que toca nuestras conciencias y renueva nuestras vidas.

Como discípulos experimentamos la caridad. Sin amor somos incomprensibles para nosotros mismos (cf. Juan Pablo II, RH 10). Dios ama y nos contagia su capacidad de dar, pero, sobre todo, de hacernos don: el don de uno mismo nos hace ser nosotros mismos sin maquillajes, con sinceridad, y experimentar el camino de la humanidad y del amor. En el amor recuperamos nuestra personalidad, nuestra entrega, más allá del hedonismo y del confort. El amor que ha de llenar el corazón es siempre social, el mayor impulso para la sociedad. Debemos abrazar a los necesitados, vivir la comunicación cristiana de bienes, trabajar por el bien común, superando las diferencias y particularismos, pensando en el otro. La caridad nos exige defender la justicia y procurar la defensa de la familia contra el individualismo y el aislamiento, y de las colonizaciones ideológicas que privan de libertad o atentan contra los derechos humanos. La caridad nos exige predicar la verdad sin consentir en la mentira, y anunciar a Jesucristo “con ocasión y sin ella”, pues no hay riqueza mayor que se pueda comunicar. Llevamos como sello de identidad ser apóstoles. Poco da a los demás quien no da a Cristo.

Hermanos gaditanos: Es grande la misión en el mundo de la que ningún discípulo del Señor puede desertar. El Papa Francisco nos ha invitado a rezar el rosario durante el mes de octubre precisamente para que María con su intercesión poderosa nos auxilie contra las fuerzas del mal. No es un remedio ingenuo, sino, sencillamente, acoger las armas de la fe. María lucha con nosotros en las dificultades de la vida –los gaditanos lo sabemos por experiencia—, pone paz y da paciencia, y defiende a la familia de Jesús (que somos nosotros) y a nuestras familias. Os invito también yo a vivir en comunión y penitencia, como Pueblo de Dios, para pedir a la Santa Madre de Dios que proteja a la Iglesia y al mundo de los ataques del diablo. Nos dirigimos a ella suplicándole también acoger hoy el abrazo de Dios al mundo, pues en el encuentro con Jesús son creadas todas las cosas. No defraudemos al Señor que nos llama a ser santos de hoy, discípulos y apóstoles, testigos del amor de Dios, de la gracia que introduce en esta vida “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1), pues la creación entera espera su liberación. Que toda nuestra actividad “sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación” (GS 35).

Pidámoslo muchas veces a nuestra Madre, la Virgen del Rosario, rezando el rosario y con la antigua invocación propuesta por el Papa: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!”. Amén.

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