Jornada por el Cuidado de la Creación: “Descubrir la llamada de atención que nos hace Dios sobre la frágil y valiosa creación que compartimos”

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En la Peregrinación de Verano con la Pastoral Juvenil

Cada 1 de septiembre celebramos desde 2015, en comunión con la Iglesia ortodoxa, la Jornada por el Cuidado de la Creación para que cada creyente y las comunidades renovemos nuestro propósito de hacernos custodios de la creación y ofrecer como cristianos nuestra contribución para superar la crisis ecológica que está viviendo la humanidad. Es una llamada de atención que nos hace Dios sobre la creación que compartimos, que todos tenemos el derecho a disfrutar y la responsabilidad de cuidar.

Demos gracias a Dios por la maravillosa obra que Él nos ha confiado. La oración nos ayuda a situarnos, nos da fuerza, nos hace conscientes de la voluntad de Dios, de las propias necesidades, y especialmente de las de todos los seres humanos. Necesitamos su ayuda para proteger la creación, y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos.

Nos hace falta descubrir la llamada de atención que nos hace Dios sobre la frágil y valiosa creación que compartimos, para caer en la cuenta de la importancia de respetar la creación, para poder disfrutarla. Todo está a disposición del hombre, del trabajo, la industria, la explotación humana, de modo que la “casa común”, nuestro planeta, difícilmente se pueden separar de el. Realidades como el calentamiento global, la escasez de agua potable, la acumulación de desechos o la pérdida de la biodiversidad amenazan su integridad, lo cual nos exige conversión y asumir estilos de vida coherentes, con mentalidad activa, y trabajar con criterio y responsabilidad.

La crisis ecológica, en un planeta con recursos limitados, es, en definitiva, parte de la crisis social y moral que afecta especialmente a los más pobres. No hay ecología sin una adecuada antropología, sin una visión del ser humano, sin una mirada al bien común. La preocupación por la naturaleza es inseparable de la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior. No puede tomarse a broma la cuestión de la supervivencia del ecosistema planetario y de la vida humana en él, empezando por la de los más pobres. Es fundamental, por consiguiente, la solidaridad que nos plantea otro modo de consumo y de relación con la naturaleza, porque todo afecta a nuestras vidas, pero mucho más sensiblemente a los más necesitados, y afectará definitivamente a las siguientes generaciones.

Precisamente la cuestión del agua, donde este año se pone la atención, es esencial para la vida, un problema de extrema gravedad que pone nuestra  atención sobre un bien primario que debe ser protegido y puesto a disposición de todos. La escasez de agua potable, los acuíferos cada vez más contaminados, las especies en peligro, “afecta directamente a la salud y bienestar de las personas, por lo que se trata de un problema sobre el que hay que tomar medidas de modo inmediato y garantizar a la población un acceso a este recurso en las mejores condiciones sanitarias”. Esta emergencia nos pide un compromiso.

Divinizar la técnica o idolatrar la tierra va siempre contra el mismo hombre. Nos hace bien contemplar la creación que nos remite al Creador, a Dios, y nos convence sobre nuestra condición de creaturas, pues el hombre forma también parte de lo creado y tiene responsabilidad sobre todo ello. En su historia, como sabemos, vive el pecado, la redención, la gracia y la conversión, de modo que su actividad e intereses han de mirar a sus semejantes como hermanos, con mirada de fe, para compartir los bienes, pero, sobre todo, para aceptar su dignidad y actuar en consecuencia. La antropología cristiana es integradora de la naturaleza. Los católicos estamos obligados a hacerlo así virtud de la razón ética que compartimos con todos los hombres. Por otra parte la cuestión ecológica nos pone a todos de modo nuevo ante la cuestión de Dios y de la naturaleza, no ciertamente como diosa, sino como creación portadora de un lenguaje divino de sentido. Dios hecho hombre se insertó en el cosmos. Cristo opera en el cosmos y “el fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado” (Laudato Si, n. 83). El nos enseña a cuidar de este mundo que es nuestra casa común y a las criaturas que viven en el.

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