Solemne Vía Crucis Diocesano: su amor “nos hace superarnos a nosotros mismos, nuestro egoísmo y el individualismo.”

DE MI SALUDA OFICIAL POR EL SOLEMNE VÍA CRUCIS DIOCESANO, PUBLICADO POR EL SECRETARIADO DE HERMANDADES Y COFRADÍAS DE CÁDIZ Y CEUTA

“No dejemos pasar este Solemne Vía Crucis sin vivir junto al Señor su Pasión para experimentar en nosotros el consuelo de su entrega que nos abre paso a la vida resucitada. Cristo muere por todos. La redención rompe los muros que nos separan para lograr un solo pueblo. El nos saca de nuestros particularismos exclusivos para vivir en la comunidad que es su cuerpo. No se trata de un sentimiento de compasión superficial por la afrenta cruel hacia un hombre que recordamos. El Hijo de Dios hecho hombre se ha solidarizado con nuestra suerte, cura nuestras heridas, ha hecho suyas nuestras dolencias.

El Año Jubilar nos invita una vez más “a no dejar en saco roto” la sobreabundante gracia de Dios (…): “en tiempo favorable te escuché, en día de salvación te ayudé; pues mirad: hoy es tiempo favorable, hoy es día de la salvación” (2 Cor 6,2).Cada existencia personal está llamada a la plenitud de Dios actualizando la salvación. Dios ha entrado en la historia, la Vida Divina en la debilidad humana. Jesucristo ha resucitado y nos ha dado su Espíritu Santo para que cada instante de nuestra existencia pueda ser tiempo de gracia y de consuelo.

Una vez más, al reproducir los pasos de la pasión de Cristo, nos unimos a las voces que le aclamaron a la entrada de Jerusalén llevando ramos de palma y de olivo: “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor” (Mc 11,9; Sal 118,25). Saludamos, por tanto, a Aquel que vino a traer la gloria de Dios y la paz a la tierra, a Aquel que viene de nuevo a nosotros en cada eucaristía, que sigue siendo el que ha de venir a juzgarnos al fin del tiempo. El signo de la cruz se ha convertido en el centro del cristianismo. En algún momento ha sido rechazado porque muestra un impresionante sacrificio. Los cristianos, sin embargo, sabemos que su entrega habla de plenitud de vida, porque no hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es entregarse a si mismo y por eso la cruz es el camino de la verdadera vida. Cristo, en este camino, nos da la paz y nos transforma en portadores de la reconciliación.

Muchos preguntan hoy como entonces, al comienzo de la pasión: “Quisiéramos ver a Jesús”. Jesús respondió: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Su respuesta recorre la inmensidad del tiempo pues, como resucitado, llega a todos y de nuevo nos invita y habla. Esto anuncia la universalidad de la fe católica que nos hace superarnos a nosotros mismos, nuestro egoísmo y el individualismo. Contemplando este misterio de amor y escuchando la Palabra de Dios podremos quedar contagiados por la compasión de Jesucristo Buen Pastor, que se acerca a todos, sobre todo a los más débiles y extraviados: “Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor”. (Mc 6, 30-34).”

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