Verano: “que nuestro tiempo libre no sea un tiempo esclavo”

El verano ofrece posibilidades inmensas de crecimiento en la relación con los demás, en el trato de familia, en momentos distendidos de encuentro personal y de acercamiento a los más distantes de nosotros. Como dijo Quevedo acertadamente, “el árbol de la vida es la comunicación con los amigos; el fruto, el descanso y la confianza en ellos”.  Así sucede con la familia –ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor— que se abre a los demás, respira y se renueva en la comunicación más fluida, en la dinámica riquísima de la comunicación entre las personas, que es fuente de maduración porque nos dispone al servicio, al diálogo, a la escucha del otro, a compartir; en una palabra, a vivir.

El verano es tiempo de encuentro con la naturaleza, tan preciada pero tan castigada por los problemas ecológicos de grandes dimensiones que han llegado a alterar los sistemas naturales. Disfrutemos y que nos empape su belleza, reflejo del Creador. Los cristianos, por motivos religiosos, por un deber de equidad y justicia, por respeto a Dios creador que crea un mundo bueno para todos sus hijos, debemos comprometernos con la sostenibilidad de nuestro planeta, cada uno según sus posibilidades y responsabilidades, contribuyendo a conservar la maravillosa sinfonía de la creación, que canta la gloria de Dios. También con la ecología humana que defiende y respeta la vida y busca el progreso de los demás.

Es tiempo también para recuperar con paz el encuentro personal con Dios, escuchar su Palabra, celebrar la fe.  Algunos caen en la tentación de vivir el tiempo de verano como si Dios no existiese, de “mandar a Dios de vacaciones”. Pero el nunca nos abandona, y esperemos que tampoco nosotros a el. Al contrario. Orar no es una forma de huir ni de aislarse, sino una forma de amar mucho caminando por un camino seguro. En una cultura donde todo es provisional nos enseña la fidelidad de Dios para siempre y la fecundidad del corazón enamorado. En medio de tantos ídolos que nos encandilan, pero que siempre nos engañan, debemos ser testigos de que “solo Dios basta”.

El verano ha de ser tiempo de caridad y de solidaridad. No nos olvidemos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse del otro. Estamos llamados a vivir la caridad. El creyente y toda comunidad cristiana no pueden escapar a esta llamada. Afortunadamente son muchos los que dedican semanas a colaborar con alguna ONG o asociación cristiana al servicio de los necesitados, aquí o en misiones. Pero también nos da posibilidad de conocer y ayudar a los voluntarios que cuidan a los emigrantes, o las cáritas parroquiales. Esta es la sabiduría del corazón, que es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. Porque la sabiduría del corazón es servir al hermano.

Hemos de salir al encuentro de los demás. Jesús pasó por el mundo haciendo el bien y nos hace querer dar la vida por amor y mirar al mundo con espíritu de servicio constructivo. En cuando hacemos y decimos debemos evangelizar “a tiempo y a destiempo”, como le decía San Pablo a Timoteo. Si llevamos dentro la fe podremos anunciar el Evangelio a los que nos caen bien y a los que no, a los que aún no lo conocen, a los que ya lo conocen pero pasan, a los que ya lo conocen y se esfuerzan en seguir, pues todos necesitan el consuelo y la alegría de Dios.

Os deseo un feliz descanso, unas vacaciones capaces de reponer las fuerzas, un tiempo para llenaros de lo verdaderamente bueno, sobre todo, de la satisfacción de disfrutar con la familia y los buenos amigos. Es muy frecuente que nuestro tiempo libre, si nos descuidamos, se convierta en tiempo esclavo: esclavo de hacer cada vez más cosas, cosas cada vez más difíciles, todo cada vez más rápido, viajes cada vez más lejos. Es muy importante saber descansar, o, mejor dicho, saber elegir lo que puede reponernos disfrutando sin agotarnos ni disolver nuestro corazón, valorar este tiempo pero descubriendo lo que encierra para recuperarse del desgaste y del cansancio, y llenar el corazón.

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