Pascua del Enfermo: los enfermos y sus familias tienen un lugar privilegiado en el corazón de Cristo

5.jpgCelebramos este domingo la Pascua del Enfermo. Los enfermos tienen un lugar de preferencia en la comunidad cristiana, el mismo que tuvieron en la vida de Jesús que Resucitado, en su Iglesia, se muestra curando y acompañándoles.

Las familias de los enfermos son el objetivo este año para la Jornada Mundial del Enfermo. La Iglesia tiene que estar volcada con la familia que sufre, especialmente con aquellas familias que forman parte de la comunidad parroquial, tratando de acompañar, aliviar, y crear las condiciones para que les resulte menos doloroso y difícil.  “Acompañar a la familia en la enfermedad” nos recuerda que todos vivimos en el marco de una familia, y cuando un miembro enferma, enferma toda la familia. El Papa Francisco nos recuerda cómo “la Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9, 2-6; Mt 10, 1-8; Mc 6, 7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro”. Jesús, desde la cruz, en efecto, se dirige a su madre María y a Juan: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27). En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. De este modo el misterio de la cruz no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.

Debemos estar cerca de las familias que cuidan a sus familiares enfermos. Hemos de hacer nuestro el programa de San Pablo: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran” (Rm 12, 15). Saber oír y compartir sus cansancios y tristezas, acompañar su soledad. No podemos acompañar el sufrimiento de los demás como meros espectadores. Tomarse en serio acompañar a las familias de los enfermos implica involucrarse con ellas, hacer, de algún modo, nuestros sus sufrimientos.

 Recordemos que “una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe Salvi 38). Se subraya así el potencial humanizador de la compasión ante el sufrimiento humano que se encarna, entre otras formas en la empatía que ha de caracterizar todo acompañamiento en el sufrir, con la ternura a la que nos ha invitado el Papa Francisco en tantos gestos y alocuciones.

¡Cuantas  personas que, sin ser familia de sangre, cuidan de los enfermos y, en cuanto cuidadores, también deben ser objeto de nuestra atención y acompañamiento! Pensemos en tantos profesionales sanitarios, en los voluntarios en parroquias y centros hospitalarios, o en tantos otros agentes que trabajan en la Pastoral de la salud y se convierten también en familia del enfermo.  En la Iglesia somos conscientes del tesoro que son cada uno de los enfermos y quienes les cuidan. “Vuestro silencioso testimonio es un signo eficaz e instrumento de evangelización para las personas que os atienden y para vuestras familias, en la certeza de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios (Ángelus, 1 de febrero de 2009). Vosotros sois los hermanos de Cristo paciente, y con El, si queréis, salváis al mundo (Concilio Vaticano II, “Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren”).

La capacidad de silencio, de asombro y admiración, de contemplar y de discernir, de profundidad, de trascender, de conciencia de lo sagrado y de comportamientos virtuosos como el perdón, la gratitud, la humildad o la compasión son elementos propios de lo que entendemos por inteligencia y competencia espiritual, necesarias para la formación del corazón de los agentes de pastoral y profesionales de la salud (Deus Caritas Est 31).

Vivamos esta jornada expresando que los enfermos y sus familias tienen un lugar importante en la Comunidad, que están en su corazón como lo estuvieron en el corazón de Cristo. La comunidad parroquial deberá movilizarse para facilitar la asistencia del mayor número posible de enfermos a la celebración. El aprecio y cariño de la Comunidad por ellos pueden mostrarse con gestos concretos, quizá en la misma destacando la importancia de quienes se ocupan de los enfermos en la comunidad, el equipo parroquial que anima y coordina, los ministros extraordinarios de la comunión, el testimonio y la preocupación de toda la comunidad por sus miembros enfermos. Se trata de un pequeño gesto de apoyo y agradecimiento a su entrega. En muchos lugares se imparte en esta celebración la Unción de los Enfermos. No olvidemos a los enfermos. La pastoral de la salud es una misión esencial e indispensable de la iglesia que nos sostiene en la esperanza y acoge siempre a los necesitados.

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