“No se puede reducir la vida humana al concepto de calidad de vida”

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Bautizo en la Vigilia Pascual

Celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, fiesta donde damos gracias a Dios porque el Hijo de Dios se encarnó en María la Virgen, por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre.  Dios mismo se hace hombre,  es engendrado por una madre y nace como cualquiera de nosotros. ¡Tan importante es la vida humana! Y Dios la ha dignificado aún más haciéndose hombre, como uno de nosotros. “Educar para acoger el don de la vida” es el lema con el que celebramos hoy la Jornada por la Vida.

Encomendamos de modo particular al cuidado materno de la Virgen María a aquellas personas que tienen encomendada la tarea de la educación, el cuidado y el gobierno de las personas. Que promuevan el reconocimiento de toda vida humana como un don inmenso recibido de Dios, por encima de su utilidad o de cualquier otro condicionamiento. “El Magisterio de la Iglesia nos invita a recibir el don de la vida, a tomar conciencia de él. No podemos darlo por supuesto, sino más bien ponderar su significado y acogerlo responsablemente. Hemos de reflexionar sobre la vida como un don para entender de qué manera guiamos nuestra propia vida” (Mensaje Obispos de la Subcomisión de Familia y Vida, CEE).

«El don de la vida, que Dios Creador y Padre ha confiado al hombre, exige que este tome conciencia de su inestimable valor y lo acoja responsablemente. Toda vida humana es única e irrepetible, valiosa y digna, sean cuales sean las circunstancias en las que se desenvuelve, aunque nuestra cultura tenga una visión reductiva del don de la vida. No se puede reducir la vida humana al concepto de “calidad de vida”, diciendo en realidad que no son dignas de ser vividas las que no tienen calidad suficiente. Los cristianos reconocemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,27) y que el nos ama incondicionalmente. La vida siempre es un bien, y lo conoce sobre todo cuando uno se sabe incondicionalmente amado por Dios, fruto de su misericordia, providencia y amor. Este es el mejor camino para reconocer en cada persona a verdaderos hermanos, amados y valiosos ante Dios, dignos de ser amados y ayudados.  El santuario de la vida es la familia, donde se acoge incondicionalmente a cada persona para ser querida. Desde su nacimiento hasta su vejez y enfermedad.

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