El sacrificio tiene un pleno sentido que nos cuesta entender

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Día de San José, compartiendo en la Residencia de Mayores Matías Calvo, el día de su Patrón

¿Puede haber algo por encima del amor de Dios? El que no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por nosotros (Cf. Rom 8, 32) ¿Cómo no nos va a defender? ¿Quién nos va a acusar o será capaz de juzgarnos? El cristianismo no es un mero ideal de conducta, ni fundamentalmente una serie de normas morales aplastantes. Su verdad más profunda reside en que Dios, con un amor infinito, ha entregado a su Hijo. Y lo ha entregado definitivamente, a la muerte, por nosotros. El sacrificio, por tanto, tiene un sentido que a nosotros nos cuesta entender. Dios lo comprende y entra en la propia dinámica de la vida humana: para ganar tenemos que perder, y para vivir tenemos que morir. Entregando a su Hijo, nos da la clave, no solo de este amor infinito de Dios que lo da todo por nosotros, sino de su propio Hijo, que dando la vida nos ofrece la salvación, en la dinámica de nuestra vida: en el vivir y en el morir, en la pérdida y en la ganancia.

La Cruz es la piedra de tropiezo donde se estrellan los hombres, antes que el evangelio: ¿Cómo creer en este Dios que permite el sufrimiento? Jesús no ha querido dar respuestas filosóficas sobre el valor del sacrificio. Sencillamente siendo Dios -porque siendo Dios se puede entender el valor de nuestro sacrificio unido al suyo- Jesús acepta la Cruz para llegar a la Resurrección. Desde ese momento es nuestro compañero de camino que va por delante de nosotros enseñándonos a vivir, a sufrir, a morir, pero sobre todo a resucitar. Nos enseña, como tantas veces repetirá San Pablo, la centralidad del conocimiento de Cristo, que más que teoría, es relación e identificación con su Pasión, Muerte y Resurrección para ser capaces de dar nosotros mismos la propia vida. La Transfiguración ilumina su muerte, y su resurrección, porque es el Hijo de Dios el que va a dar la vida por nosotros, y es Dios el que Resucitado nos lleva con Él a la gloria, y nos invita a escuchar la voz del Padre: “este es mi Hijo el amado, escuchadle”.

Nuestra trayectoria en la vida ha de ser escucharle hasta empaparnos de sus sentimientos para vivir con Él, sufrir con Él, resucitar con Él y dar la vida con Él. “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.

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