“Tanto amó Dios al mundo..”

MI HOMILÍA EN LA FUNCIÓN PRINCIPAL DEL NAZARENO EN SAN FERNANDO, EN EL 250 ANIVERSARIO DE LA HERMANDAD.

maxresdefault-1.jpgDomingo Laetare, IV de Cuaresma

Hemos escuchado una de las frases más bellas y consoladoras de la Biblia: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este domingo se ha llamado Laetare precisamente por ello. Lo que dice Jesús a Nicodemo que acabamos de escuchar en el evangelio de San Juan, recoge el sentido último de la revelación cristiana: Dios es amor. En Jesús encontramos la encarnación de este amor llevado al extremo, un amor sin límites: da su vida en rescate por todos y nos salva. Es esta la Buena Nueva que concentra la gran misión de la Iglesia, lo que debe predicar a tiempo y a destiempo para que todos conozcan a Dios, pues, si lo acogemos, nos hará felices para siempre.

Dios nos habla de este amor de muchas formas: como amor paterno, o materno, o como amor esponsal «fuerte como la muerte», cuyas llamas «son flechas de fuego» (Ct 8, 6). Jesús llevó a cumplimiento todas estas formas de amor pero añadió otra más: el amor de amistad. Decía a sus discípulos: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). ¿Qué debemos hacer cuando lo conocemos? Algo sencillísimo: creer en el amor de Dios, acogerlo y repetir conmovidos con San Juan: « ¡Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene!» (1 Jn 4, 16).

La gran revelación de Cristo es que Dios es misericordia, que su amor es más grande que nuestro pecado y nos ama obstinadamente. Esta gran verdad nos lleva inmediatamente a mirar nuestro corazón y nuestro pecado, que, siendo nuestra mayor pobreza, es tan valioso para Dios, pues ha sido capaz de darlo todo por salvarnos, hasta entregar a su propio Hijo único. Dice el apóstol: “Estando nosotros muertos por los pecados nos ha hecho revivir con Cristo”. En efecto, su designio de amor forma parte del dramatismo de la existencia, pero entra en ella y lo transforma todo.

Hoy nos cuesta más aceptar que Jesús es el “único Salvador de todo el hombre y de toda la humanidad” –como acaba de decir la Congregación para la Doctrina de la fe—, por nuestro individualismo y por una confianza ilimitada en nuestras propias fuerzas. Nosotros, sin embargo, experimentamos y confesamos que la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, que ha generado una nueva relación con Dios y entre los hombres, haciendo de nosotros un solo cuerpo  gracias al don de su Espíritu (cf. Placuit Deo, 4).  Quien experimenta el perdón y el amor de Dios necesariamente cambia su vida, y quien le sigue en su muerte y resurrección comparte su amor, su vocación y su misión. Nuestra fe no puede ser abstracta o intelectual. Al contrario, nos orienta para hacer presente el Reinado de Dios en medio del mundo. Como nos recuerda el Papa Francisco en su mensaje de Cuaresma, Dios no es indiferente al mundo, y nosotros tampoco podemos caer en el terrible vértigo de la indiferencia. Al contrario, encendidos en el fuego de su amor hemos de librar al mundo de la frialdad de la indiferencia y del pecado.

El drama de nuestra historia está en que nos sublevamos contra Dios, pero su amor es invencible y no deja de llamarnos. Ha perdonado una y otra vez nuestro pecado –como afirma el Libro de las Crónicas al relatar las infidelidades del pueblo escogido— y vuelve siempre a buscarnos para reconstruir nuestra vida, igual que llamó a su pueblo deportado a reconstruir su ciudad y su templo. Por esto, incluso después de dar muerte a Jesús –que es la mayor infidelidad posible—, el Señor resucitado quiere resucitarnos. Este pesado bagaje de nuestra infidelidad e injusticia genera ciertamente un mundo desequilibrado e inhabitable, pero Dios, que nunca nos abandona, nos enseña claramente que la vida feliz no viene de la idolatría de los ídolos, ni de nuestras pasiones o egoísmos, sino del amor crucificado, que de los pecadores hace santos. Cristo, el Hijo de Dios elevado en la cruz como un condenado, engendra así una humanidad nueva que ama la luz, obra la verdad y hace del evangelio su vida. La salvación tiene ya un nombre y un rostro: Jesucristo.

Jesús culmina su misión en la cruz, que es la cumbre del amor, y nos pide contemplarle en ella para abrir nuestra mente y nuestro corazón a este amor que nos llena de luz y nos enseña a vivir, porque sólo este amor entregado puede reconstruir nuestra vida, haciéndonos a amar como ama Dios, y aprendiendo a ser amados. Creer en el crucificado es conocer el amor y su carga de dolor, su yugo suave. Como dijo San Juan de la Cruz, “¿qué sabe, quien no sabe padecer?” Y dijo también que  “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”.

Así se ha portado Dios con nosotros: “nos ha hecho revivir con Cristo” –dice San Pablo—  (cf. Ef 2, 4-10). Pero este regalo de Dios exige lógicamente que lo demos todo, que “nos dediquemos a las buenas obras”, que nos dediquemos a él, que seamos santos, entregados, generosos. Y nos da para ello la fuerza del resucitado. Hemos escuchado que “nos ha sentado en el cielo con él”, para que podamos reconocer mejor a los crucificados del mundo y a cuantos sufren a nuestro alrededor. Así es como nos transforma Cristo con su gracia para ofrecer al mundo un futuro de justicia viviendo la caridad que cambia la sociedad, atendiendo a cada uno y compadeciéndose con él.

Si escuchamos hoy en la intimidad las confidencias del Señor, como hizo Nicodemo, nos peguntaremos: ¿cómo responder a este amor radical del Señor? En primer lugar, aceptándolo con humildad para recibir este don de Dios (cf. Placuit Deo, 9).  Después de confesar nuestros pecados para recibir la gracia del crucificado, aprendamos a corresponderle de modo que todo en nosotros manifieste la misericordia de Dios, que nos viene de la comunión con Jesús (cf. Placuit Deo 12) y que en las cosas grandes o pequeñas se manifieste su amor y su luz. “Pon amor donde no hay amor y sacarás amor”. Vivamos ejemplarmente el amor fraterno y el perdón entre nosotros y aprendamos a cuidar de la humanidad sufriente a través de las obras de misericordia corporales y espirituales (cf. Placuit Deo, 13).

Vivamos esta cuaresma mirando a Cristo crucificado para aprender a vivir dando la vida por los demás con la fuerza del amor de Dios. Démosle gracias y, sobre todo, queridos hermanos, vibremos permanentemente con el milagro de su misericordia para transmitir su amor a los descartados del mundo y a cuantos lo desconocen, pues Dios mismo, que “tanto amó al mundo”, nos envía ahora a él (Mc 16,15) para ser “luz del mundo” (Mt 5,14) y consuelo de los que sufren.  AMEN.

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