“¡Ya vienen los reyes!”

AdoracionReyesMagos_WikipediaElGrecoDominioPublico_050116Cuando, parece que decae la Navidad y sus festejos los Magos nos devuelven al Portal para adorar al Niño-Dios y ofrecerle nuestros dones. Desde la niñez anhelamos el día de Reyes asociado a la ilusión de los regalos. No hay duda de que los regalos son signo indispensable de la Navidad desde que los primeros pastores llevaron al recién nacido sus pobres bienes, y, junto a sus abrigos y comida, su admiración, su canto y sus besos. Lo que sucede en realidad es que intuimos que nuestros dones son tan sólo una pobre correspondencia al mayor de los regalos que antes nos ha hecho Dios. Dice un Santo Padre: “¡Oh admirable intercambio! El que enriquece a otros se hace pobre; soporta la pobreza de mi carne para que yo alcance los tesoros de su divinidad” (San Gregorio de Nacianzo, Disertación 45, 9: PG 36,634s). Más clara aún es la expresión de san Agustín: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea Dios”.

Los Reyes Sabios comprendieron el valor incalculable del singular obsequio que es que Dios regale su vida. En esta “manifestación” –epifanía— experimentaron la alegría, es realmente el verdadero regalo de la Navidad, no los costosos regalos que requieren tiempo y dinero. Y que la alegría divina también nosotros podemos comunicarla de modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Y nosotros comprendemos que hoy se hace universal el anuncio que recibió María en la anunciación: “¡Alégrate!”. Es propiamente la primera palabra con la que Dios se dirige a nosotros en el Nuevo Testamento. El Evangelio es la Buena Noticia que nos libra del miedo y nos trae la esperanza y la alegría. El gozo de la fe es la “luz nueva” que se encendió en la noche de Navidad comienza a brillar hoy sobre el mundo entero, como sugiere la imagen de la estrella, un signo celestial que atrajo la atención de los Magos y los guió en su viaje hacia Judea. Pero es Jesús la verdadera estrella, el sol radiante que apareció en el horizonte de la humanidad para iluminar la existencia de cada uno de nosotros y guiarnos a la libertad y la paz de la comunión plena con Dios. Es Cristo mismo quien hace brillar en el mundo el enorme resplandor de su corazón, una explosión del amor de Dios. Los magos-sabios, al adorarle, se convierten con su luz en estrellas de Dios, como pasa con los santos, que con su testimonio brillan en nuestro camino y nos guían hacia El.

El mundo no es capaz de dar a la humanidad la luz que le oriente el camino, ni entonces ni en nuestros días, cuando la civilización parece caminar a tientas y haber perdido la orientación. Debemos clamar también hoy, como hizo Isaías: “¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz!” (60,1-2). Esa es la misión de la Iglesia, la de todos los cristianos: ofrecer la luz del Evangelio a todos los hombres de buena voluntad. Todos nosotros, inundados de esta luz acrecentada en la oración por la que nunca perdemos el contacto con Dios, hemos de guiar a cuantos nos rodean por el camino de la vida. Seamos valientes y humildes como ellos.

A Herodes, sin embargo, los Magos le parecieron unos competidores de su poder y “se sobresaltó”, como dice el Evangelio (Mt 2,3). Más tarde se alarmarían los sumos sacerdotes y el sanedrín. Todo esto nos indica el drama del amor fiel de Dios hacia nosotros, que “vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Es la hostilidad, ambigüedad o superficialidad que encontramos en las personas cuando se cierran al misterio del Dios verdadero que sale a nuestro encuentro con la mansedumbre del amor.

Para recorrer con decisión el camino del bien dejémonos conquistar y transformar por la misericordia que Dios nos ofrece cuando nos llama a la conversión. Llevemos esta alegría y el don entregado volverá a nosotros.  Tratemos de llevar la alegría más profunda, que es haber conocido a Dios en Cristo Jesús y que en nuestras vida se transparente esta presencia liberadora de Dios, el gozo de la fe.

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