39ª Semana de la Familia frente a una cultura que tiende a devaluar el amor conyugal

banner_sF2017Este domingo a las 12:00 inauguro en la Catedral, con la celebración de la Santa Misa, La 39ª Semana de la Familia en nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta bajo el lema “Crecer en el amor conyugal”. Se trata de una llamada urgente: cuando contemplamos el desconcierto y ruptura de tantas familias, los cristianos recibimos la llamada de Jesús a sentir compasión y hacer algo para ayudar. En medio de una cultura que tiende a devaluar el amor conyugal, reduciéndolo a una frágil y poco perdurable emoción, los cristianos debemos anunciar el Evangelio de la Familia y el maravilloso proyecto de Dios que contiene. Solo así nuestras familias podrán edificarse sobre la Roca que es Jesucristo y su Palabra y resistir los embates del mundo. He aquí un reto permanente para los esposos, pero también, la meta educativa para que toda persona se prepare para vivir la vocación más grande y fundamental a la que cada uno está llamado, que exige un aprendizaje siempre costoso, y una orientación que lamentablemente no tienen muchos niños y jóvenes, y que incluso a no pocos adultos les gustaría alcanzar.

El Papa Francisco, en su exhortación Amoris Laetitia  –donde recoge el patrimonio de la fe de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia—, nos urge a mimar en nuestra vida este aspecto que es el único que puede garantizar nuestro desarrollo feliz como personas, y nos ha proporcionado valiosas orientaciones para el acompañamiento de los jóvenes matrimonios. Como comunidad de vida y amor el matrimonio refleja el misterio del Dios Trinitario, por lo que el amor de Dios se convierte en el modelo de referencia para la vida familiar. “El verdadero amor entre marido y mujer implica la entrega mutua, incluye e integra la dimensión sexual y la afectividad, conforme al designio divino”.  Además, subraya el arraigo de los esposos en Cristo: Cristo el Señor –que en la encarnación asume el amor humano, lo purifica, lo lleva a plenitud y dona a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza y caridad—  sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio y permanece con ellos. “Los esposos son consagrados de este modo y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica (cf. LG 11), de manera que la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira  a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino” (cf. AL 67).

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