“Cristo, en este mundo, padece frío, hambre, soledad, tristeza, en la persona de todos los encarcelados”

obispo_botafuegos6El día de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de Instituciones Penitenciarias, se celebraba ayer domingo. El sábado tuve la gran oportunidad de visitar y decir misa en el Centro Penitenciario de Botafuegos en Algeciras. No quiero que pase el tiempo sin recordar algunas palabras sobre esta fiesta entrañable.

El nombre de Santa María de la Merced sonó por vez primera a orillas del Mediterráneo, en el siglo XIII, cuando estaban infestadas de corsarios turcos y sarracenos, que desembarcaban reduciendo a ceniza los pueblos y cautivando a sus habitantes. Un alma caritativa, suscitada por Dios, a favor de los cautivos, fue San Pedro Nolasco, llamado el Cónsul de la Libertad. Se preguntaba cómo poner remedio a tan triste situación y le rogaba insistentemente a la Virgen María. Hallándose Pedro Nolasco en oración, se le apareció la Santísima Virgen rodeada de ángeles y radiante de gloria, y no sólo le animó en sus intentos, sino que le declaró la histórica revelación de su misión mercedaria: “Que la obra de redimir cautivos, a la cual él se dedicaba, era muy agradable a Dios, y para perseverar en ella y engrandecerla y perpetuarla le transmitía el mandato de fundación de una Orden religiosa, cuyos miembros imitaran a su Hijo, Jesucristo, redimiendo a los cristianos cautivos de infieles, dándose a sí en prenda, si fuera menester, para completar la obra de libertad encomendada.”

San Pedro Nolasco se decidió a cumplir el mandato divino, alentado y apoyado por el rey don Jaime el Conquistador y por el consejero real San Raimundo de Peñafort, vistió el hábito blanco y con algunos de los jóvenes que con él trabajaban y así quedó fundada la Orden de la Merced. Muchos de los miembros de la orden canjeaban sus vidas por la de presos y esclavos. Se calcula que fueron alrededor de trescientos mil los redimidos por los frailes mercedarios del cautiverio de los musulmanes. Unos tres mil son los religiosos que se consideran mártires  por morir en cumplimiento de su voto. Ellos difundieron la devoción a Nuestra Señora de la Merced por el mundo entero. La palabra “merced” quiso decir durante la Edad Media misericordia, gracia, limosna, caridad.

Para un cristiano, visitar a los presos es un genuino acto de caridad. La Iglesia católica sigue viviendo esta obra de misericordia de modo muy amplio y variado aunque quizás es ésta, la que realiza en las prisiones a través de Pastoral Penitenciaria, una de las tareas más desconocidas. Sin embargo, realiza un silencioso trabajo tras los gruesos muros y las grandes rejas de la prisión, dando el cariño de la Iglesia a los privados de libertad. La Pastoral Penitenciaria es la acción pastoral de la Iglesia diocesana en el mundo penitenciario a favor de las personas que viven, han vivido o se hallan en riesgo de vivir privados legalmente de la libertad, y de sus víctimas. La misión de la Iglesia en las cárceles no es ni más ni menos que ser Iglesia allí también. La labor que hacen los voluntarios con los presos no se lo ha inventado nadie, sino que fue el mismo Jesucristo quien dijo “estuve preso y vinisteis a visitarme“. La Delegación Diocesana de Pastoral Penitenciaria, dirigida por los Padres Trinitarios de Algeciras, tiene como misión promover el compromiso cristiano con el mundo penitenciario, potenciando la coordinación de los servicios y personas que, como instituciones y miembros de su respectiva Iglesia particular, desempeñan misión con los presos.

La pastoral católica es muy bien acogida por los internos. Muchos sin Pastoral Penitencia no habrían llegado a buen puerto nunca. Decía una reclusa: “ellos siempre estuvieron allí donde mas falta me hacían tanto dentro como fuera y me ayudaron a gestionar mi vida social y familiarmente. Me ayudaron a reconciliarme con el mundo”.

Recordemos hoy a los presos y colaboraremos con esta delegación que, organizadamente, necesita voluntarios para visitarles, acompañarles, mostrarles el consuelo de Dios anunciándoles a Cristo y su perdón, y apoyar después su reinserción en la sociedad. Cristo, en este mundo, padece frío, hambre, soledad, tristeza, en la persona de todos los encarcelados, como dijo él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis” (Mt. 25,40). No podemos apartar nuestro pensamiento del sufrimiento y soledad de los prisioneros, pues estaríamos alejando la mirada de Jesucristo escondido en ellos. Jesús hace suyas las palabras del profeta Isaías: “he sido enviado a proclamar la liberación a los cautivos”. ¡Ojala que en el juicio final podamos escuchar “Venid, benditos de mi padre, porque estuve en la cárcel y me visitasteis”!

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