La gracia del Jubileo implica necesariamente un empeño por la comunión

apertura_jubileo_diocesis_3_14_09_17_webNos encontramos en un momento decisivo para volver al Cenáculo, lugar-testigo de dos hitos de nuestra fe: la institución de la Eucaristía y la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre María. La gracia de Dios se nos derrama sobreabundante, con más razón en este Año Santo que celebramos en Cádiz y Ceuta. El camino marcado es acoger la indulgencia que nos sitúa ante el misterio de piedad y de misericordia por el que el Señor ha dado su vida por nosotros para salvarnos. Esta profunda reconciliación con Dios, don de su misericordia, implica un proceso que comporta el compromiso personal y la apertura sincera a una renovación interior total en virtud de la gracia de Cristo. Celebrar el Año Santo nos invita, por consiguiente, a seguir la invitación del Señor a amarle con todo el corazón, responsablemente, a salir del pecado y de la ocasión de pecar, a una rehabilitación interior, fuera de todo formalismo o rutina, a abrir el alma a la gracia de Dios y a la posibilidad de ser santos. La indulgencia va unida a la alegría del evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús y son liberados del pecado. “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco, EG 1).

La experiencia del Año Santo es radicalmente eclesial y comunitaria, aunque recibamos la indulgencia de modo personal. Sería un contrasentido, fruto del individualismo antievangélico, querer beneficiarse personalmente de la gracia de Dios sin profundizar en la comunión fraterna. Hemos de hacer de la Iglesia, por tanto, casa y escuela de comunión. Es un don que debemos implorar al Señor, pero también una tarea en la que hemos de empeñarnos para responder al desafío que hace a la iglesia el mundo actual, como señaló San Juan Pablo II (cf. TMI, 43-46). Aún más, el testimonio de la caridad nos hace creíbles como fieles seguidores de Cristo. Vivir esto con coherencia hace comprensible el evangelio, explicita la verdad de la fe, pues la fe y la caridad son dos caras de la misma moneda, de nuestra pertenencia a Cristo.

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