En el Corpus los cristianos proclamamos, sin arrogancia, el amor hasta el límite del Señor por todos

corpus_2_web_29_05_16Pocas fiestas hay tan queridas y entrañables en el calendario para el pueblo cristiano como la de Corpus Christi, profundamente arraigada en todos los pueblos y ciudades de España. Es un día para adorar al Señor y confesar públicamente con los labios y el corazón la fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, centro y clave de todo lo creado, raíz de nuestra esperanza, fundamento último para el edificio del mundo y de la sociedad, piedra angular de la Iglesia. El día de Corpus los cristianos celebramos la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, recorremos las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades adorando al Santísimo Sacramento del Altar, en el que está real y verdaderamente presente Cristo vivo, el «Amor de los amores» entregado por nosotros. Cristo vive para siempre y está realmente presente con toda su persona y su vida, con todo su misterio y con todo su amor redentor, en el pan y en el vino de la Eucaristía.

Es necesario que los cristianos manifestemos en público esa fe, sin arrogancia alguna, pero con firmeza y respeto para todos, cuando tantos cristianos pretenden vivir la fe en la clandestinidad o en el anonimato, y muchos ocultan sus convicciones. Jesús nos dice que proclamemos en las calles, «desde las terrazas» su amor sin límites, el amor de Dios entregado a los hombres para la vida del mundo en su cuerpo, en su persona. No podemos ni debemos ocultar ni silenciar al que es el Hijo de Dios venido en carne, luz para todo hombre, Camino, Verdad y Vida, reconciliación y paz, salvación para todo hombre y alivio para quien acude a Él.

¿Cómo no proclamar, a plena luz y ante las gentes, el amor de Dios que nos ha hecho hijos suyos, queridos, uniéndonos al Hijo. Ahora bien, el esplendor del Corpus ha de ser el esplendor de la adoración, el brillo de la caridad y del amor fraterno, la entrega y el servicio, la solidaridad con los pobres y afligidos, la donación gratuita de lo que somos y de cuanto tenemos a los que nos necesiten.

Las obras de caridad son exigencia misma del Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor que nos ha de llevar a compartir el pan eucarístico y el pan de cada día que Dios ha puesto en la mesa de los hombres para todos los hombres. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo y sentirnos alejados de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, son débiles o se encuentran enfermos, están amenazados en su vida –aunque sea no nacida– o sienten conculcada su dignidad. Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregado por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más necesitados, en los más pobres, sus hermanos con los que se identifica. Nos unimos a Jesucristo tal como está en la Eucaristía: amándonos como Él nos ha amado, compartiendo, acercándonos de manera real y efectiva a todos los crucificados y pobres de nuestro tiempo, en los que Cristo está también presente con esa otra presencia distinta a la Eucaristía, pero inseparable de ella.

De la Eucaristía ha de tomar fuerza nuestro amor a Dios y a los hermanos. La celebración y participación en los misterios de nuestra redención en el Sacramento del altar debería impulsarnos a promover la inalienable dignidad de todo ser humano por medio de la justicia, la paz y la concordia. La Eucaristía, en efecto es la gran escuela del amor fraterno. Es siembra y exigencia de fraternidad y de servicio a todos los hombres sin excepción empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu.

Con el lema “Llamados a ser comunidad”, Cáritas nos invita a poner el foco de atención en la dimensión comunitaria de nuestro ser, el ámbito donde podemos acompañar y ser acompañados, donde podemos generar presencia, cercanía y un estilo de vida donde el que el que sufre encuentre consuelo, el que tiene sed descubra fuentes para saciarse y el que se siente excluido experimente acogida y cariño. En la comunidad podemos responder al  mandato de Jesús, que nos mandó dar de comer al hambriento (Mc 6,37) y podemos implicarnos en el desarrollo integral de los pobres.  Pido, por tanto, vuestra colaboración para celebrar el día del Corpus como un auténtico día de Caridad, haciendo un esfuerzo para compartir con generosidad y que nuestro dar sea expresivo de nuestra propia entrega personal y servicio a los demás.  Cáritas hace mucho por contribuir a paliar estas necesidades, pero necesita, especialmente ahora, de todos para poder llegar a más personas, y paliar más situaciones extremas, lo cual sólo es posible con la contribución y la colaboración de todos. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos, nos reconcilia y nos une; la generosidad, el perdón, la confianza en el prójimo, la gratitud, la gratuidad…

Que Cristo presente en la Eucaristía haga de nuestra vida en comunión con Él y los hermanos, una vida eucarística, rebosante de caridad y amor a los necesitados, autentica presencia de Cristo en medio del mundo. Feliz día del Corpus.

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