“Pertenece a la conciencia cristiana más elemental ofrecer al mundo la verdad de Dios”

MI DISCURSO INAUGURAL EN EL CONGRESO DE CATÓLICOS Y VIDA PÚBLICA EL PASADO MIÉRCOLES 24 DE MAYO DE 2017

IMG_2279Hace pocos días fue noticia que el cardenal Arzobispo de Valencia, D. Antonio Cañizares, presentaba la Cátedra Tomás Moro de Estudios Sociales y Políticos como una experiencia “inédita” que surge en la Universidad Católica de Valencia (UCV) y como un “servicio para generar un pensamiento que renueve y regenere la sociedad”. La cátedra será dirigida por el ex ministro Jaime Mayor Oreja, — amigo nuestro bien conocido de todos– alejado ahora de la política partidista y centrado en la sociedad civil y en denunciar los riesgos de la ideología de género y la crisis moral de Occidente. Una iniciativa de este porte supone una conciencia clara y compartida por muchos de la deriva peligrosa que está tomando esta sociedad desorientada o, peor aún, mal orientada, dirigida hacia unas metas de aparentes logros sociales, pero ideologizada y posiblemente abocada al abismo.

En el mismo medio se publicaba a renglón seguido que en un foro universitario de Madrid se abucheaba a un profesor que salía en defensa del diálogo universitario con las ideas recuperando el sentido que estuvo presente en el nacimiento de las universidades en el seno de la Iglesia. Sería muy fácil seguir recopilando ejemplos de las contradicciones que vivimos a diario en esta supuesta sociedad tolerante y democrática, muestra, sin duda, de una profunda crisis social, antropológica y de sentido.

Pertenece a la conciencia cristiana más elemental ofrecer al mundo la verdad de Dios, que es capaz de transformar la vida de las personas de múltiples modos, como ha hecho siempre la Iglesia a lo largo de los siglos. Desde el ejemplo personal hasta la reforma de las leyes, pasando por el desarrollo de una nueva cultura, o la entrega misericordiosa a las necesidades presentes, es lo que hemos englobado en el término “evangelización”.  Somos conscientes de ello, hoy más que nunca, por lo que hemos de buscar formar personas para la vida pública capaces de responder a los retos de la sociedad actual con el fin de impulsar una regeneración de las virtudes ciudadanas y de la democracia en sentido humanista, pero antes aún –o quizás al mismo tiempo– regenerar el tejido cristiano del Pueblo de Dios.

La evangelización, una realidad fundamental propia del ser-Iglesia, tiende a anunciar a Jesucristo y su llamada a la conversión y al seguimiento en todas partes, en todos los ámbitos posibles. Reducir evangelización a una sala de catequesis para la infancia, pensando que con eso es suficiente, es un signo de ceguera ante la secularización.

La evangelización ha de penetrar y fecundar todas las realidades humanas, también las realidades temporales y sociales, para que el espíritu de Cristo lo impregne todo, lo salve todo purificándolo. Hay ámbitos que son propios para la acción directa del laicado a la hora de evangelizar: la política, la economía, la cultura, el arte, los medios de comunicación, la enseñanza… Es la vida social, que sin Cristo, se vuelve contra el hombre y la vida misma, pero que, transformados en Cristo, hacen una sociedad verdaderamente humana, que responde a su fin, al bien, a la belleza, a la verdad.

Permítanme citar dos textos significativos; el primero de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el segundo del Papa Benedicto XVI:

“La Iglesia se concentra de modo especial en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su presencia en todas partes. Toca a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación; que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. Compete también a los fieles laicos participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común. Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural, sino, dondequiera que se comprometen, les mueve la certeza de que Cristo es la piedra angular de toda construcción humana (cf. Congregación para la doctrina de la fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002).

Decía Benedicto XVI en su Discurso a la Plenaria del Consejo Pontificio para los laicos (21-mayo-2010): “La nueva evangelización se hará si hay una presencia e influencia de los católicos en la vida pública, sin reduccionismo, sin encerrarse en las sacristías, sin una fe hecha sentimiento/sentimentalismo, sino enviados al mundo y a la cultura. El ámbito del laicado católico realiza su vocación seglar en el mundo, en las realidades del mundo. La política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso en favor de la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero antes aún fieles laicos que sean testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, sostenidos por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades”

En el segundo texto que hemos escuchado queda claro la importancia que tienen los políticos –o de los intelectuales, escritores, legisladores, etc.– ciertas élites influyentes, más o menos eminentes para esta regeneración social a partir del convencimiento de la fe. Sin embargo, en el primero, referido a los políticos, se habla anteriormente en especial de “fieles” en general, podríamos decir, del Pueblo Santo de Dios. En realidad deberíamos hablar de “generación” (más que de “regeneración”, evitando la confusión de identificarlo con una vuelta al pasado). Son, a mi entender, los dos pies con los que avanzará la cultura cristiana: un pueblo cristiano formado por discípulos y apóstoles con identidad de fe, doctrinal, moral y apostólica, en comunión, y los laicos que la promuevan decididamente en sus ámbitos de influencia, más aún si son eminentes.

 Alguien dijo: “A veces pierdes un poco la fe; pero es, de algún modo, como cuando pierdes las llaves. Están en algún lugar de tu desorden, y lo sabes”. Este pensamiento valido para muchos en la vida personal no tiene equivalente en la pérdida de la fe “social”, en la desaparición de una cultura cristiana. Un despiste particular se “en-pista” (perdón por el vulgarismo), pero una atmósfera viciada, contaminada, que nos enferma cuando se respira, solo puede restablecerse si se da una autentica renovación social, una purificación de la atmósfera, por influencia de personas cualificadas pero también, indispensablemente, de  grupos significativos, aunque sean “minorías creativas”.

 Una segunda consideración. En la base de la crisis democrática, económica y política, “procedente de esa crisis del hombre, antropológica, de la verdad” está la pérdida del sentido de la verdad. Por tanto hemos de prever que la regeneración ética pasa por el descubrimiento de las verdades que nos pueden sostener, y, en definitiva, de la verdad misma. Nos movemos hoy en una nueva era que se denomina de la postverdad y que es consecuencia lógica del relativismo moral, por un lado, y por otro, de la modernidad líquida, pues tiene su fundamento en ambos. Todo ello da origen a un mundo precario sin nada estable, ni tierra firme, cuyas consecuencias se pueden ver ya en la concepción de la familia, en las relaciones personales, en el compromiso social y en la vida pública: la fidelidad ha sido sustituida por la flexibilidad. Se crea así una situación líquida, un tiempo provisional, sin principios sólidos, sobre el que no se puede construir el futuro. El tiempo de la postverdad lleva consigo, inevitablemente, el tiempo de la postbondad y el tiempo de la postbelleza. Cuando se pierde la referencia objetiva de la verdad desaparece también la bondad como guía de la acción humana orientada por la verdad y la belleza como expresión artística del bien y la verdad, valiosa por sí misma y agradable para los demás. La postverdad nos aboca a un mundo sin bondad ni belleza, un mundo sin amor ni alegría, un mundo en el que no cabe ni el progreso, ni la confianza ni la esperanza.

Si queremos asegurar lo humano esto es lo que nos corresponde:  permanecer en la verdad, crecer y mantenernos en el terreno firme de la verdad. En este servicio a la verdad, muchas personas han entregado su vida. Su generosidad y entrega serán recompensados con la Vida, por el Señor de la Verdad. A todos nosotros, colaboradores de la verdad, que la encontramos en Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, nos corresponde ofrecerla a nuestro tiempo, provocando este encuentro con Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Cristo nos abre a la verdad completa, a un horizonte más amplio. Por poner un ejemplo, cito al Santo Padre en el Mensaje a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales del 28 de abril de 2017, que dice: “una sociedad participativa no puede contentarse con el horizonte de la pura solidaridad y del asistencialismo, porque una sociedad que fuese solo solidaria y asistencial, y no también fraterna, sería una sociedad de personas infelices y desesperadas de la que cada uno intentaría huir”. Les pidió, por tanto, ampliar el concepto clásico de justicia y encontrar los modos para aplicar en la práctica la fraternidad como principio regulador del orden económico. Donde otras líneas de pensamiento hablan solo de solidaridad, la Doctrina Social de la Iglesia habla más bien de fraternidad, dado que una sociedad fraterna es también solidaria, mientras no siempre es cierto lo contrario, como tantas experiencias nos confirman. Insistía en el concepto de desarrollo humano integral. Luchar por el desarrollo integral quiere decir comprometerse por ampliar el espacio de dignidad y libertad de las personas y dar paso, al inicio del siglo XXI,  a un nuevo Humanismo que cada vez se desea con mayor la exigencia. Culmina el mensaje de Francisco con estas palabras que pueden servir para abrir estas sesiones:

“La propuesta del Evangelio: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33) fue y sigue siendo una energía nueva en la historia que tiende a suscitar fraternidad, libertad, justicia, paz y dignidad para todos. En la medida en que el Señor logre reinar en nosotros y entre nosotros, podremos participar de la vida divina y seremos unos para otros «instrumentos de su gracia, para derramar la misericordia de Dios y para tejer redes de caridad y fraternidad» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 5).”

Dice el Concilio que en el ateísmo de hoy ha podido influir también la experiencia de cristianos que no los son, que no viven su fe. Tengo para mi que la invasión de la increencia en los campos de la sociedad presente ha influido negativamente, más que la increencia, la mala creencia de nuestra comunidad cristiana. Deseo que estas jornadas de Cristianos y Vida Publica nos ayuden a reflexionar a buscar caminos para vivir en plenitud esta fe que genera cultura.

Gracias.

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