Pentecostés no es una simple memoria de algo ya pasado

i283445314551250369._szw1280h1280_Queridos amigos: este Domingo 4 de junio celebramos la Solemnidad de Pentecostés. La mayoría sabemos que es la Fiesta de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y el nacimiento de las primeras comunidades cristianas, pero, tristemente, muy pocos tienen conciencia clara del significado e importancia de este acontecimiento que no se puede celebrar como una simple memoria de algo ya pasado. El acontecimiento de Pentecostés con todo lo que implica, consecuencias y frutos, tiene una gran importancia actual.

Cuando san Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, en el que el Divino Espíritu obró poderosamente, elevó una oración pidiendo por la Iglesia y el mundo: “Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés, y concede que la Santa Iglesia, permaneciendo unánime en la oración, con María, la Madre de Jesús, y bajo la dirección de Pedro, acreciente el Reino del Divino Salvador, Reino de Verdad y Justicia, Reino de amor y de paz”.

El mismo Concilio habló luego de la acción e importancia del Espíritu Divino en la Iglesia en la Lumen Gentium, nº 4. También el cardenal Ratzinger, en aquel maravilloso libro/entrevista “Reportaje sobre la fe”, nos enseñaba: “Lo que nos narra el Nuevo Testamento sobre los carismas que se manifestaron como signos visibles de la venida del Espíritu Santo, no es mera historia antigua, concluida ya para siempre; esta historia se repite hoy bullente de actualidad”.

Iluminados por estas enseñanzas debemos pedir el vivir la “Espiritualidad de Pentecostés” y que se difunda a toda la Iglesia. La espiritualidad de Pentecostés se puede definir como un estilo de vida, en el que guiados por el Espíritu Santo, nos dejemos introducir a una oración más profunda en la que se da el encuentro día a día con Jesús resucitado, estando abiertos a las mociones del Espíritu y no apoyándonos sólo en nuestros razonamientos y capacidades humanas, para llevar adelante la obra de evangelización y la renovación de nuestras familias, parroquias y comunidades. ¡Ven Espíritu Santo!

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