“Que todo sirva para la edificación común” (1 Cor 14, 26)

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Reunido hoy con los Delegados del Clero de toda España

A lo largo de la Pascua saboreamos muchas de las palabras de Jesús en las que nos promete el envío del Espíritu Santo a su Iglesia. Gracias a El somos el Cuerpo de Cristo en la tierra y, por sus dones, gozamos de multitud de carismas o “gracias” con que a lo largo de los siglos ha dotado a este débil y frágil cuerpo humano con la fuerza de Dios. Los carismas han enriquecido de vigor a los mártires, de caridad heroica a los confesores de la fe, de sabiduría a los doctores, y con ellos cada bautizado ha hecho presente en su entorno la inagotable belleza del Redentor y la entrega de la vida. La acción multiforme del Espíritu Santo en la Iglesia, ha suscitando una especial atención a los dones carismáticos, de los cuales, en todo momento, el Pueblo de Dios se ha enriquecido con el desempeño de su misión. Gracias a ellos existen los monasterios, las ordenes religiosas entregadas a la caridad, la enseñanza, la cultura o la oración.

San Juan Pablo II, dirigiéndose a los representantes de los movimientos y de las nuevas comunidades reconoció en ellos una «respuesta providencial”, suscitada por el Espíritu Santo a la necesidad de comunicar de manera convincente el Evangelio en el mundo. Se abre, pues, ante nosotros el momento de la «madurez eclesial», que implica su pleno desarrollo e inserción en las Iglesias locales y en las parroquias, permaneciendo siempre en comunión con los pastores y atentos a sus indicaciones. Así lo considera también el Papa Francisco que ha dirigido a la Iglesia un documento –a través de la Congregación para la Doctrina de la fe–  titulado Iuvenescit Ecclesia, (“Rejuvenece la iglesia”) para comprender mejor relación entre los dones jerárquicos y carismáticos hoy y no dejar de contar con todas estas gracias para evangelizar.

Como dice San Pablo, en los carismas de la comunidad cristiana «que todo sirva para la edificación común» (1 Co 14, 26). Los carismas auténticos deben ser considerados como dones de importancia irrenunciable para la vida y para la misión de la Iglesia. No existe contraste o contraposición en la Iglesia entre la dimensión institucional y la dimensión carismática, de la que los movimientos son una expresión significativa. Los dones jerárquicos y carismáticos están recíprocamente relacionados desde sus orígenes. La «armonía» que el Espíritu crea entre los diferentes dones conduce a las agregaciones carismáticas a la apertura misionera, a la obediencia necesaria a los pastores. A todos nos corresponde la promoción activa de los dones carismáticos en la vida de la Iglesia universal y particular, evitando que la realidad carismática se conciba paralelamente a la vida de la Iglesia y no en una referencia ordenada a los dones jerárquicos. La jerarquía y estas nuevas realidades tienen la finalidad de volver joven a la Iglesia, o sea que son dones para renovar la vida de fe del Pueblo de Dios.

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