“Un resplandor sin igual”

MI ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE CÁDIZ A 16 DE ABRIL DE 2017

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A veces necesitamos cerrar los ojos para ver; aunque hay que mirar adentro,
con sinceridad. Sólo los muy valientes se atreven. Dicen los exploradores más
aguerridos que donde más miedo han pasado no ha sido escalando altas
cumbres sino descendiendo a las profundidades de la tierra ¿No será que el
infierno no se halla, en realidad, debajo de la tierra sino en el fondo de
nosotros mismos? ¿No será –quizás— que ésto es lo que nos impide pararnos y
pensar, como le sucede al camionero embalado, que no frena porque se le
echaría la carga encima? Dicen que en el seno materno los bebés tienen los
ojos cerrados y es al nacer cuando los abren ¿No será también nuestro
despertar como una especie de alumbramiento? Pero esta iluminación interior
sólo puede suceder en aquellos que prefieren la vida –aunque sea incómoda
y expuesta- y luchan por salir. En aquellos que su amor a la Luz-Verdad es más
fuerte que su miedo a lo desconocido. “Para esto he venido al mundo: para
que muchos que están ciegos vean y muchos que creen ver queden ciegos”,
dijo Jesús al curar al ciego de nacimiento (cf. Jn 9,39)

“Dios me cerró los ojos y ahora puedo ver”, canta el esclavista inglés del siglo
dieciocho que compuso la famosa Amazing Grace cuando ya, viejo y ciego,
da gracias a Dios por su Maravillosa Gracia que le ha hecho convertirse a
Cristo. No es casualidad que el genial Terrence Malick ponga en labios del
protagonista de su película El árbol de la vida la pregunta acerca de la gracia
y la naturaleza –lo que nos es dado y lo que está determinado en nuestra vida,
lo misericordioso y lo cruel, la generosidad y el egoísmo- al tiempo que la luz
baña el rostro de la madre que ama más allá de la naturaleza.

Es la luz de la Resurrección, la luz pascual, “FOS KAI ZOE” –la Luz y la Vida en
griego- cuyo recuerdo llenaba de inscripciones los sepulcros de los primeros
cristianos. Porque hay Uno de nosotros que ha bajado a las simas del infierno
que está dentro de cada ser humano y ha regresado victorioso. Los que le
siguen no caminan ya en tinieblas sino que pueden decir como Solzhenitsyn –
el autor de Archipiélago Gulag, Premio Nobel de Literatura el año 1970 – en
medio del infierno del hambre, del hacinamiento y la desesperación general
del campo de concentración soviético: “Miro, estremecido por el
agradecimiento/ mi vida. No es mi razón ni mi voluntad/ lo que ilumina cada
una de sus grietas/Es un sentido Superior, un resplandor sin igual/ que
finalmente comprendí. Tu rostro, oh Cristo resucitado” (Oración, 1952).

Cristo asume nuestra miseria hasta el punto de abrir para el mundo un proceso
de auténtica liberación, un fermento de transformación hasta el
alumbramiento de “un cielo nuevo y una nueva tierra” (Apc 21, 1-5). Nos
redime del pecado y de la muerte y cada vez que oramos – “¡Ven, Señor
Jesús!”, “¡que venga tu Reino!” -, reflejamos el anhelo de la Pascua que
anticipa el futuro de la promesa.

¡Qué gozo ser amigos íntimos de Dios! ¡Que alegría desbordante de ser
hermanos y saborear intensamente la experiencia de la libertad!. Pero también
de aquí brota el compromiso, el esfuerzo por encaminar la historia en la
transformación de Dios.

La experiencia de Cristo Resucitado –si hemos muerto al pecado y vivimos
para Dios— nos impulsa a la renovación de la sociedad. Cristo, vencedor de
la muerte, es el Salvador del mundo, y quien “come la Pascua” también
“sufre” como Él la entrega de la vida en la “pasión” de la humanidad
presente. Él es la primicia de una gran cosecha. Queda atrás la tumba vacía
para que, asomándonos primero a todos los sepulcros del mundo, podamos
escuchar después el testimonio martirial de los amigos que convivieron con el
Señor Resucitado, que ya vive para siempre. De nuevo “los ciegos reciben la
vista y los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
son resucitados y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mateo 11,5).
Porque el bien eterno que nos orienta mantiene en nosotros el germen de una
humanidad nueva que transforma la existencia si somos la “luz y la sal de la
tierra”, esto es, fermento y levadura. Como un puntual despertador, el Aleluya
pascual, retumba exultante año tras año y nos estremece: “Despierta, tú que
duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te alumbrará” (Ef 5,14).

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