El amor no adormece, sino que activa y urge

maxresdefaultLos cristianos vivimos formando parte de la misma historia de los hombres, como colaboradores desde dentro de ella con la fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad, y somos también protagonistas de ella. Estamos llamados hoy, precisamente como cristianos, a vivir la lógica del don, y mostrar al mundo que la experiencia cristiana pone a la persona humana y su realización plena en el centro del bien común, siempre subordinados a la verdad última del hombre, que puede guiar nuestra convivencia sin instrumentación alguna particular.

En el preludio de su Pasión, Cristo nos dice que El es la Vida (cf. Jn 12,20ss), que ha muerto para resucitar, que nos alcanza una vida nueva y abundante, y que se convierte así con su victoria en el centro de la historia. Muchos buscan a Dios sin saberlo, sin ni siquiera conocerle. La vida, al fin y al cabo, es buscar a Dios. Y en esa búsqueda de plenitud, de infinitud, de vida sobreabundante, estamos todos.

Y la glorificación de Jesús, es decir, su muerte y resurrección, acogerá a todos los pueblos y razas de la tierra. De este modo, en esta definitiva Alianza con Dios (cf Jer 20, 1-7) el hombre queda renovado en su ser más íntimo. En nosotros se genera una nueva humanidad que vive, por el Espíritu Santo, superando el egoísmo con amor, como germen de una nueva humanidad, porque su ley de amor queda grabada en nuestros corazones, en nuestras propias vidas. La cruz es, en efecto, la cumbre del amor. Los cartujos lo expresan con su lema: Stat Crux dum volvitur orbis, es decir, “la Cruz permanece en pie, mientras el mundo gira”. Cristo en la Cruz nos atrae hacia el interior de Dios, pero nos devuelve inmediatamente, transformados por la lógica del don, al mundo necesitado de redención.

Queremos reavivar, por tanto, nuestra fe y suplicar al Señor la gracia de ser en el mundo sus testigos cada día. Sabemos, pues lo ha vivido El, que el grano de trigo, si muere, da mucho fruto (Jn 12, 23) y que debemos hacer siempre la voluntad de Dios, aceptando las contrariedades de la vida desde el sentido del amor, como hizo Jesús obedeciendo siempre al Padre.

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