Adviento, camino de sencillez

pesebreSan Bernardo decía en su Homilía Segunda sobre el Cantar de los Cantares que “el beso de Dios al hombre es la Encarnación de su Hijo”. Es la ternura, al cariño de Dios que nos quiere abraza en lo pequeño, en el pesebre. A quien acoge este amor se le llena de esperanza el corazón y se le ilumina la vida. Eso sí, no se recibe sin más, sin entrar antes en el camino por el que entra en nuestro mundo: la sencillez. Esto es fácil solo aparentemente, porque todos somos muy pobres y frágiles. Pero, precisamente por esto, huimos de la pobreza y nos afianzamos en la arrogancia. El camino de Dios es, sin embargo la simplicidad, pues ha acogido nuestra pobreza. En ella se despliega el esplendor de su vida en nosotros. Quien es simple (“sin-plex” quiere decir en latin “sin doblez”), comprende enseguida. Y el amor,  que de suyo es humilde, se entrega pronto.

La Encarnación del Hijo de Dios es la expresión de un cuidado especial con el que Dios cuida a cada hombre, en cuerpo y alma, aquí y por toda la eternidad, y muestra de este modo la importancia que tiene la persona humana pues, fuera de Dios, lo más grande es el ser humano. Por eso decíamos en este Domingo III de Adviento ¡Gaudete! ¡Alégrate mundo! Porque ya llega, ya está cerca el Salvador.

 

 

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