Nuestra respuesta a este mundo de guerra se llama fraternidad, comunión, familia

Este domingo celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Recordamos así como cada año uno de los pilares de nuestra fe: que los católicos formamos una gran familia. Una familia real, unida por lazos que van más allá de la sangre: somos parte de la familia de Dios, que se extiende a través de los siglos. Lo recordaba el Papa Francisco en Cracovia: “nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia”.

Nuestra familia, la Iglesia, tiene necesidades, espirituales y materiales y, en este sentido, hemos de considerar este Día de la Iglesia Diocesana. Nuestras parroquias no son sólo edificios sino el reflejo de esa gran familia que es la Iglesia universal y de la que todos somos responsables económicamente. La comunicación cristiana de bienes ha sido siempre un rasgo distintivo de la comunidad cristiana, fruto de la caridad y de la disponibilidad para el servicio. La labor de la Iglesia está a la vista, sobre todo para quien quiera estar informado. Es una información diáfana y transparente que se hace publica, junto con la información parroquial, siempre atenta al servicio de las personas, en especial a los más necesitados, y a la evangelización.

La acción caritativa de nuestra diócesis ha atendido el año pasado a más de 47.800 personas, además de 6.700 emigrantes, a más de 600 ancianos, etc. Hemos celebrado más de 5.300 bautismos y otras tantas comuniones, más de 1.500 confirmaciones y más de 1000 matrimonios. Todo ello desde 117 parroquias atendidas por 116 sacerdotes. Seria incontable describir la escucha y acompañamiento a personas necesitadas de ayuda, consejo, consuelo. Así es la Iglesia, nuestra familia.

Cada uno, según sus circunstancias y posibilidades, con sinceridad ante Dios, podemos preguntarnos cómo ayudamos a sostener nuestras comunidades; a veces seremos como la viuda del Evangelio, que no pudo dar una gran aportación económica, pero dio “todo lo que tenía”; y a veces, como Zaqueo que, al encontrarse con el Señor, al entrar a formar parte de su familia no dudó en dar “la mitad de sus bienes a los pobres, y, si engañé a alguien, le devolveré cuatro veces más” (Lc 19, 8-9).  En esta jornada “familiar” seamos generosos. Generosos en oración por nuestra Iglesia y generosos en lo que podamos aportar, conscientes de que siempre recibiremos más de lo que damos, porque, a través de la Iglesia, de los sacramentos, de la fraternidad, recibimos la alegría de los hijos de Dios, hacemos posible nuestro servicio a la sociedad, tan necesitada de consuelo y esperanza. “Somos una gran familia contigo” y debemos crecer en la conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia desde nuestra parroquia y desde nuestra diócesis: crecer en implicación y en compromiso económico, pero también en todo lo que se puede colaborar en el ámbito parroquial y diocesano. Nadie sobra en nuestra casa, todos debemos colaborar pues todos hemos de recibir mucho de Dios y de los hermanos.

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