Elevar la mirada

Mi artículo publicado hoy dos de noviembre de 2016 en el Diario de Cádiz con motivo de la conmemoración de los Fieles Difuntos

0000242260Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, “porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”, dice Miguel Delibes. El recuerdo de los que nos han precedido – especialmente en estos días – hace emerger dentro de nosotros ese sentimiento tan difícil de definir y que llamamos con el sencillo nombre de nostalgia. Esta melancolía apenada que llamamos nostalgia, nos muestra lo banal que es nuestra vida y paradójicamente lo grande que es nuestro deseo. Algo desde muy adentro nos pide volver a casa.

La palabra nostalgia se nutre, en su raíz griega, de nostos, que viene de nesthai (regreso, volver a casa), y de algos (sufrimiento). Podría definirse entonces como el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. Los griegos convirtieron la nostalgia en mito a través de la figura de Ulises en su larga travesía de retorno a Ítaca, porque vivir puede asemejarse a un largo viaje, lleno de aventuras, de infortunios, de alegrías, tristezas, azares y desesperanzas, donde, sin embargo, detrás de cada envite, de cada puerto visitado, de cada amor entretenido, persiste la nostalgia de volver al hogar. Uno anda buscando siempre la manera de regresar a casa, como símbolo del encuentro con la paz interior.

La vida podría describirse como “Nostalgia de La Luz”, citando el drama del famoso documentalista chileno Patricio Guzmán, que describe mediante imágenes y entrevistas el trabajo de los astrónomos en el desierto de Atacama, a tres mil metros de altura, cuyos cielos privilegiados lo han convertido en uno de los mejores observatorios astronómicos del mundo.

Mientras los astrónomos buscan allí la vida extraterrestre, en contraposición, un grupo de mujeres, familiares de detenidos desaparecidos de Chile durante la dictadura militar, continúa buscando los restos de sus seres queridos, pues la sequedad y salinidad del aquel suelo preserva los restos humanos casi intactos, momificando los cadáveres. Pero, entre tanto, vamos entrando poco a poco en la visión del cosmos, en sus sueños y los nuestros, donde se mezclan pasado, presente y futuro, donde surgen las preguntas sobre la vida y el destino humano. “…Y el corazón, a cada latido, amanece en una esperanza nueva que tiene algo del cielo”, diría Juan Cunha.

Lo mismo buscan millones de jóvenes -y no tan jóvenes- que han encontrado en el uso de las plataformas comunicativas de la web el altar en el cual, con otros medios y otras palabras, hacen concreta la esperanza de eternizarse a través de una constante actualización de su propia existencia, un camino más hacía la búsqueda de un más allá que no sea más pasajero y virtual, sino eterno. Sin duda, “el hombre lleva en sí mismo la nostalgia de infinito, una nostalgia la eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios” (Benedicto XVI).

Desde tiempos ancestrales esta memoria de nuestros antepasados se ha convertido en oración, una plegaria que es una forma de unión, la alianza que sólo el amor puede crear. El amor hacia los difuntos va unido a la oración aunque no nos demos ni cuenta. Pero la pregunta permanece: ¿realmente llega mi voz más allá del silencio que nos separa? ¿es posible “contactar” de nuevo con ellos? Jesús dice: “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”, y también, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Según él los verdaderos muertos son aquellos que están muertos por dentro, los muertos espirituales: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Los “vivos” son los que reconocen a Dios como Señor de la vida porque esta fe supone ya una primera resurrección, una resurrección de la esperanza, de la capacidad para perdonar, para amar aún en el sufrimiento, la resurrección de una relación con Dios como Padre que estaba muerta… El pecado – vivir como si Dios no existiese o fuese irrelevante (que es lo mismo) -es la verdadera muerte, aquí en esta vida y también después de la muerte física, pero quien se deja salvar por Aquel que lleva en su mano las llaves de la muerte y se presenta a Sí mismo como “el muerto que ahora vive” entra en una compañía de amigos que no le abandonará jamás, una familia siempre comunicada ¿pues qué es el infierno si no una eterna incomunicación?

Aquí se encuentra el quicio de la sorprendente enseñanza de Jesús: Sólo los vivos pueden hablar con los vivos. Sólo los que tienen vida dentro de ellos – y la vida es la relación con El – tienen comunión con aquellos que viven para siempre junto a Dios, ya estén todavía en camino (lo que llamamos el “purgatorio”) así como los que han llegado ya a la meta. Sin el cielo la vida se parece demasiado a un edificio con sus puertas y ventanas cerradas, perfectamente hermético y provisto de todas las comodidades pero terriblemente asfixiante. Nadie pudo ver el cielo sin elevar la mirada. ¿No será que este dolor es -como decía Machado-, solamente “nostalgia de la vida buena… siempre buscando a Dios entre la niebla”?

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