“El hombre sin educación es como una caricatura de sí mismo”

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No hace falta ser maestro ni profesional de la enseñanza para darse cuenta de la pobreza humana y de la falta de recursos de no pocas promociones de jóvenes cercanos a nosotros, en escuelas, colegios, catequesis. Chicos que carecen de educación cívica muchas veces, de ningún respeto al otro, con una patente falta de los patrones de comportamiento más básicos que fundan la convivencia. No han crecido por dentro. Alguien dijo que el hombre sin educación es como una caricatura de sí mismo: jóvenes sencienciados de antemano a su propio fracaso familiar y a una convivencia social tensa y vidriosa.

Si no somos más humanos: ¿quién va a vivir y a dirigir el mundo? Vivimos en una gran contradicción, puesto que el mundo solidario, respetuoso, humanizado que pedimos e incluso exigimos, de ninguna manera será posible sobre las bases del narcisismo, la pereza, la falta de estímulo, sin unos jóvenes y adultos capaces de renuncia, de entrega, de sacrificio. Tampoco será posible promocionando masivamente la violencia, los impulsos pasionales más rastreros y animalizados, con el descrédito de las instituciones, de la justicia y del derecho. La paz empieza donde la ambición termina.

A los jóvenes hay que educarles, es decir, conducirles con sabiduría; no tanto con teorías impropias, sino acompañándoles, siendo testigos válidos, un ejemplo vivo, sin abandonarlos un momento, sin un momento de respiro. Padres y educadores: necesitamos principios, sostenidos por una vida coherente, y darles la mano; mejor dicho, darles la vida. Con ellos y por ellos, porque no se educa por correspondencia.

Nos hace falta valor y amor. Y responderán bien: ¡ya lo creo! Pero hemos de salir decididamente del vacío de esos presupuestos ideológicos, relativistas, hijos del relativismo, que primero dejan sin fundamento ético a la sociedad, y pretenden, después, arreglarlo todo con la legalidad que, por muy democrática que sea, si no tiene una referencia moral superior, terminarán siendo caminos de totalitarismo.

Los políticos deben pensar seriamente y sin dirigismos partidistas que han de promover la excelencia de una educación que busque, sobre todo, la virtud basada en principios éticos permanentes y en los derechos humanos, donde cabe siempre la defensa del débil y del marginado, la promoción de la mujer, la defensa de la vida. Tampoco pueden eludir su responsabilidad los medios de comunicación. ¿Es posible un mundo mejor con esos mensajes permanentes que estimulan la violencia, la lujuria, el atropello de los derechos, la vida sin vínculos o el descrédito continuo de cuanto existe? ¿Y qué decir de una familia permanentemente ridiculizada, desautorizados los padres, y esa obsesiva agresión a la Iglesia? ¿Podría hacer Cáritas lo que hace, o el trabajo que vivimos en el Tercer Mundo, o con los Emigrantes, si la Iglesia no fuera escuela de humanidad? ¿Es casual que en las Jornadas Mundiales, en la pasada en Madrid, y esperamos este veranos en Cracovia, casi dos millones de jóvenes no rompiesen una papelera ni se diese una borrachera? ¿Por qué identificar siempre la Iglesia con una estructura despótica de poder y destrucción? ¿No será la proyección de los prejuicios ideológicos de esos autores? ¿Así es posible construir la paz?

Educar es hoy una tarea urgente. Esta fuente de humanidad, de convivencia cívica y de paz debe ser un propósito común, porque es un bien común, el mayor y el más común de todos. Deberíamos unir nuestras fuerzas, abandonar los prejuicios y orillar, decidídamente, a quienes con disfraz liberador infectan a los jóvenes de violencia y desprecio al otro. Porque la paz es un don precioso de Dios, que debe poner en marcha, ante todo, nuestra conciencia, para después unir nuestros corazones y esfuerzos con lucidez, en un proyecto de amor. Si lo sembramos en estos jóvenes, una nueva generación cosechará sus mejores frutos.

Estoy plenamente convencido del valor de nuestra fe para educar la paz, porque orienta a los hombres a la altura moral de Cristo. Y unidos a Él, y con su gracia, podemos alcanzar mucho más de lo que sólo pueden nuestras fuerzas. Podemos alcanzar, incluso, la santidad.

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