Negar a Dios es negar al ser humano

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Muy agradecido por la visita de los miembros de la Comisión Permanente de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). Una verdadera conversión cuaresmal, pastoral y evangelizadora no puede pasar por alto la cuestión del trabajo, máxime en el presente contexto social, económico y cultural. Una cosa tenemos muy clara: negar la primacía de Dios en la vida personal y social tiene como consecuencia la negación de la primacía del ser humano.

En efecto, la crisis social que arrastramos depende en gran medida de una crisis antropológica, ética y religiosa en la que ha incidido el materialismo economicista. Por tanto necesitamos una verdadera regeneración moral, personal y social, que sea el soporte de la justicia y de la solidaridad con los más pobres, porque sin honradez y sin respeto a los demás se hace imposible el bien común y la solidaridad con los necesitados. La calidad de la sociedad tiene mucho que ver con su calidad moral. La corrupción, sobre todo en lo que supone una seria afrenta para los que están sufriendo las estrecheces derivadas de la crisis, nos hace ver que esos abusos quiebran gravemente la solidaridad y siembran la desconfianza social y son una conducta éticamente reprobable. Es propio de nuestra fe que defendamos los valores de la dignidad humana y busquemos la realización del bien común, comprometidos por hacer un mundo más justo.

La Doctrina Social de la Iglesia, que se sintetiza en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia el cuál recomiendo como necesario, nos ayuda a ver con realismo y esperanza la situación, pero también ha de hacernos exigentes para buscar un orden más humanizado donde la persona sea el centro de interés, y no su utilidad o su producción. Pues como nos dice San Juan, ¿cómo podremos decir que amamos a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano al que vemos? (Cf. 1 Jn 4, 20).

El Papa Francisco nos dice en su mensaje de Cuaresma de este año: “Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los”soberbio”, los”poderoso” y los”rico”, de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos”.

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