“No podemos ser apóstoles sin ser santos”

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En un discurso sobre los sacramentos, San Ambrosio observaba justamente: “Dios, por tanto, te ha ungido, Cristo te ha sellado con su sello. ¿De qué forma? Has sido marcado para recibir la impronta de su cruz, para configurarte a su pasión. Has recibido el sello que te ha hecho semejante a El, para que puedas resucitar a imagen de Él que fue crucificado al pecado y vive para Dios. Tu hombre viejo ha sido inmerso en la fuente, ha sido crucificado en el pecado, pero ha resucitado para Dios” (Discurso VI, 2, 7). Quien nos ha mandado amar como el mismo nos amó nos capacita para hacerlo colaborando con su gracia.

No podemos ser apóstoles sin ser santos: aceptar la gracia, rechazar el pecado y ser dóciles a las mociones del Espíritu hasta hacer nuestro anhelo vivir según las bienaventuranzas. Querer la santidad se expresa mediante el empeño apostólico, aceptando con sano realismo las tribulaciones y las persecuciones, acordándose siempre de lo que dijo Jesús: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros… Tendréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza: ¡Yo he vencido al mundo!” (15, 18; 16, 33). Se expresa, por fin, mediante la caridad, por la que el cristiano, como buen samaritano, aun sufriendo por tantas situaciones dolorosas en que se encuentra la humanidad, se halla siempre implicado de alguna forma en las obras de misericordia temporales y espirituales, rompiendo constantemente el muro del egoísmo y manifestando así de modo concreto el amor del Padre.

Recorrer con el camino de la vida con Jesús significa ir contra la fuerza natural de la gravedad, contra la gravedad del egoísmo, del afán materialista de tener, del deseo de conseguir el mayor placer, que el mundo confunde con la felicidad. Solamente el nos mantiene en el campo gravitatorio de la gracia, del amor infinito de Dios con una fuerza que nos allana el camino hacia la verdad y el bien. Imitar a Cristo es más que tenerle simpatía o sentirnos de acuerdo con este hombre modelo. Es recorrer un camino divino con el Hijo de Dios vivo, porque en la vida resucitada está la aspiración auténtica del hombre y la verdadera felicidad.

En la familia de la Iglesia Jesús me espera en el lenguaje luminoso de la liturgia y de los sacramentos y me sigue hablando en su Palabra para establecer una conversación conmigo. Se nos ha dado en la eucaristía, su cuerpo vivo entregado, para que nosotros también le demos nuestro cuerpo y la Eucaristía traspase los límites de la iglesia y para estar presente en las formas de servicio al hombre y al mundo.

Siempre tenemos que dirigirnos a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Siempre hemos de ser “convertidos”, dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor.

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