¿Sabías que todavía es Navidad?

The Epiphany Adoration of the Magi 01

Los cristianos sabemos que aún estamos saboreando la Epifanía en la que se desdobla la celebración del Nacimiento de Cristo-Jesús y nos hace ver su luz, la manifestación a los hombres de todas las generaciones. Espero que los Reyes Magos que nos visitaron te trataran bien y te ayudaran a ser generoso, como ellos, con los demás. Ya sabes que quien adora al Niño Dios se hace siempre dadivoso para compartir, pues la adoración va de la mano de la abnegación. En el trasfondo de todo lo cristiano está siempre la misericordia. La Navidad termina oficialmente el Domingo después de la Epifanía, el día del Bautismo del Señor, aunque ya todo parece volverse lúgubre: no hay luces, la vuelta al trabajo… ¡Sigamos la celebración! Para tu reflexión, comparto contigo mi primera Catequesis, de las que iré grabando para este Jubileo de la Misericordia: Misericordia y Navidad… Porque todavía es Navidad.

PRIMERA CATEQUESIS EN EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA:

Misericordia y Navidad

“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78-79)

¿Quieres saber qué es la misericordia? Pues mira a Jesús. Si nos preguntamos cómo hablar hoy de la misericordia de modo concreto nada hay más realista, concreto, tangible y eficaz  que el mismo Jesús, y nada mejor que la Navidad para comprenderlo. La misericordia tiene rostro y nombre, tiene vida y corazón: se llama Jesús y ha nacido en Belén.

Dice San Pablo que con  Él “se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres” (cf. Tito) puesto que quien se ha manifestado es Cristo Jesús, Dios verdadero y Hombre verdadero, que, siendo Dios, “se entregó a si mismo por nosotros”. Esto quiere decir que es Él quien nos salva por amor, y que este amor hace posible una nueva vida, y que, si le dejamos, nos introduce en ella, nos modela y nos transforma, cambia nuestro corazón y nuestras obras, y nos hace eternos, pues “el amor es más fuerte que la muerte” (Cant 8,6).

En medio de este mundo en conflicto permanente y sin esperanza se ha cumplido aquella promesa divina que excede nuestras posibilidades. Porque ¿quién puede hacer algo así? Sencillamente sólo “el amor ardiente del Señor Todopoderoso lo realizará”, como anunciaba ya Isaías varios siglos antes (Is  ). Quien es el mismo Amor viene por amor. Esta es la clave: su amor, su misericordia.

A quien acoge este amor se le llena de esperanza el corazón y se le ilumina la vida. Eso sí, no se recibe sin más, sin entrar antes en el camino por el que entra en nuestro mundo: la sencillez. Esto es fácil, aparentemente, porque todos somos muy pobres y frágiles, pero, precisamente por esto, huimos de la pobreza y nos afianzamos en la arrogancia. El camino de Dios es, sin embargo la simplicidad, pues ha acogido nuestra pobreza. En ella se despliega el esplendor de su vida en nosotros. Quien es simple (“sin-plex” quiere decir en latín “sin doblez”), comprende enseguida. Y el amor,  que de suyo es humilde, se entrega pronto.

A la vista de un mundo ingobernable y conflictivo, Dios nos responde con su amor más grande, con su propio Hijo, el Amado en quien se complace. El es la misericordia hecha carne. También para el porvenir de cada uno, que llevamos la muerte en nuestro destino. La Encarnación del Hijo de Dios es la expresión de un cuidado especial con el que Dios cuida a cada hombre, en cuerpo y alma, aquí y por toda la eternidad, y muestra de este modo la importancia que tiene la persona humana pues, fuera de Dios, lo más grande es el ser humano.

Cuando San Bernardo decía que “el beso de Dios al hombre es la Encarnación de su Hijo” (Cf. Homilía 2 sobre el CantC), no solo se refería a su ternura, al cariño de Dios que nos quiere abrazar. Es aún más profundo. Este reencuentro del hombre con el Hijo de Dios acaba con la imagen de un dios mitológico, tapagujeros, refugio-evasión, porque nos ofrece al verdadero Dios que haciéndose hombre nos transforma, diviniza la vida, cambia lo humano en divino, porque no deja de ser Dios. Pero si fuese sólo Dios, sin ser hombre, quedaría inaccesible en su trascendencia, e incomprensible, y nuestra vida igual de pobre y humana. Lo sagrado  se quedaría tan sólo en lo esotérico. Sin embargo, la Encarnación lo cambia todo. Decía San León Magno: “Reconoce Cristiano tu dignidad y puesto que has sido hecho de naturaleza divina, no caigas en antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de que cuerpo eres miembro”. Es cierto: acoger a Jesús nos hace volver a nacer y compartir nuestra existencia con la de Dios, que nos dinamiza para amar como Él y para hacer siempre el bien.

Su misericordia nos hace divinos, herederos de su gloria, serenos ante la muerte, testigos de un desposorio que abre un diálogo para siempre entre nosotros y Dios, y una comunicación de amor –una comunión—que ya nunca acabará. Este amor, como Dios mismo, es eterno y nos lleva a la eternidad. ¿Puede darse mayor amor?

Los primeros cristianos sabían bien lo que decían cuando recitaban el Cántico de Zacarías, el Benedictus: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78-79). Decían que esta visita tuvo lugar con Cristo.

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