Carta Pastoral por el Día del Seminario

unnamedQueridos amigos, fieles cristianos,  religiosos y sacerdotes:

Volvemos a celebrar el Día del Seminario en la festividad de San José, aunque, por ser día laborable, se traslada al Domingo día 22 de marzo.

Demos gracias especialmente por los catorce jóvenes que se preparan al sacerdocio en el Seminario Mayor y los diez adolescentes del Seminario Menor. Debemos orar insistentemente por su perseverancia y por las vocaciones sacerdotales, tan necesarias, y también socorrer económicamente para que puedan formarse adecuadamente y prepararse para servir a la Iglesia. Cuando ayudamos al Seminario nos favorecemos a nosotros mismos.

El sacerdocio de Cristo es un don precioso para la Iglesia y para el mundo. El sacerdote, configurado con Cristo, “entrega su vida por él y por la salvación de los hermanos”, sabe que es un servidor humilde del único Pastor, que debe ser un dócil instrumento en sus manos, un signo;  que su vida, como decía san Agustín, es amoris officium, dar la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15), con la fuerza de Dios para consolar.

Es fácil para los cristianos valorar el sacerdocio de Cristo porque queréis a vuestros sacerdotes. Es algo evidente que compruebo a diario. Quiero agradecer a todos los presbíteros de la diócesis con la ocasión del Día del Seminario su servicio generoso y desinteresado a todos vosotros, a la Iglesia y al mundo. Me conmueve y asombra cada día su entrega para proclamar el Evangelio y servir a los necesitados del consuelo de la esperanza así como de las cosas materiales. Frecuentemente son incomprendidos por quienes desde fuera minusvaloran su ministerio y por quienes desde dentro palpan sus debilidades o no aceptan su papel y su autoridad dispuesta por Cristo. Ellos, no obstante, perseveran y regalan su tiempo y su vida con gratuidad y superan las adversidades sin esperar aplausos, medallas ni compensaciones.

Necesitamos sacerdotes enamorados de Jesucristo y de su vocación. Hay que tener la audacia de proponer a los jóvenes el atractivo único de Cristo y la radicalidad de su seguimiento, aunque lo hagamos contra la corriente de un mundo que seduce con modelos de apariencia, de violencia, de prepotencia o de éxito a toda costa, y que prefiere el tener en detrimento del ser.  He aquí la resistencia para responder, pero también aquí está la fuerza y el atractivo y novedad de esta llamada de Dios. Demos gracias al Señor, porque sigue llamando a muchos.

Cada sacerdote esconde un secreto que queda en su intimidad compartida con Jesús que les llamó: escucharon su llamada y le entregaron su persona. Se deben a Él, a quien se han entregado, y el Señor ha hecho con ellos un regalado para vosotros. Se identifican con los apóstoles, como colaboradores que son del obispo, y se convierten en testigos de Cristo para evangelizar. Son perseverantes en consolar y curar heridas del prójimo sin lamentarse por las suyas. Presiden la comunidad y lideran el mayor movimiento de verdad y de renovación de la sociedad imaginable sin alardes ni triunfalismo, pero con su seguridad puesta en Dios que sostiene sus vidas. Son fermento de caridad contracorriente y actúan con convicción. Se entregan como padres a sus hijos y desaparecen cuando conviene, con libertad de espíritu, cuando se les pide otra misión. Sin ellos no tendríamos la experiencia de Iglesia ni recibiríamos a Cristo en la Eucaristía, ni su perdón. Con ellos sabemos qué es la comunión y tenemos la práctica permanente que inició la primitiva comunidad cristiana y que también vivimos hoy.

¿Cómo se explica su vocación? Sencillamente porque entre los cristianos la vida se comprende como una vocación de amor y de servicio. También hoy es una novedad apreciar la vida humana, como un don. Quien comprende su vida como un regalo de Dios y vive el bautismo y la vocación cristiana como el seguimiento de Jesús puede preguntarse: ¿Dónde y cómo quiere Dios que ame y sirva a mis hermanos? Los padres, catequistas y educadores tenéis la responsabilidad de despertar, alentar y cuidar a cada uno para que progrese la respuesta que Dios le hace. Es precisamente aquí donde la pastoral vocacional desarrolla un acompañamiento y discernimiento muy concreto, para que los jóvenes descubran la llamada específica del Señor: la vocación al sacerdocio, a la vida consagrada o al laicado comprometido.

La pastoral vocacional diocesana debe estar en relación continua con las parroquias, las universidades, las escuelas, los movimientos, la actividad social juvenil y las familias, y animar su dimensión misionera: saliendo, anunciando y dando testimonio de que la vida es vocación.

Todos los seminaristas dicen que han tenido dos experiencias fundamentales: el encuentro amoroso con Cristo y la presencia de uno o más sacerdotes cercanos a su vida o a su familia, sacerdotes amigos y acompañantes en su crecimiento de fe. Estos dos datos, que son muy claros, son profundos porque enlazan la llamada trascendente de Dios, la relación interpersonal con Él y la respuesta humana. Debemos ayudar al joven al encuentro de amor con Dios Padre, más allá de la situación en la que se encuentre. La relación con Cristo y el acompañamiento cercano a los jóvenes son la clave en el descubrimiento y desarrollo de la vocación. Cuando son amigos entregados a Jesús comparten el apostolado y la caridad, se hacen serviciales, y el mismo Señor invita y seduce a algunos al ministerio, entregados por amor.

Os invito, por tanto, a orar por las vocaciones sacerdotales en todas las Iglesias parroquiales, oratorios y capillas de religiosos y religiosas. Encontraréis estampas y carteles para rezar e información sobre nuestro seminario y cómo poder ayudar para que siga realice su tarea educativa – siempre costosa – en medio de las dificultades económicas que padecemos.

Os animo especialmente a los sacerdotes para que organicéis en estas fechas alguna vigilia o momento de adoración donde se unan los fieles en esta suplica. Dios escucha siempre nuestra plegaria y, ante el don de la vocación que viene sólo de Él, nos ha pedido nuestra implicación para que tengamos también parte y colaboración,  y nos hagamos cómplices suyos moviéndole a este valioso regalo. Posiblemente quiere, además, otorgar este regalo tan grande a aquellas comunidades donde realmente más valoran y lo acogerán bien: “Pedid al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Que el Señor reciba pues nuestro clamor.

No basta por tanto con estas jornadas de oración. Las familias, parroquias y colegios fundamentalmente deben animar a los adolescentes y jóvenes a responder ante el Señor y, superando sus gustos y proyectos personales lícitos, a ofrecer la vida como amigos confiados de Nuestro Señor que espera de cada uno un servicio generoso que depende de su disponibilidad, más allá de sus propios planes.

El lema para la jornada de este años es: “Señor ¿qué mandáis hacer de mi?”. Es una frase de Santa Teresa de Jesús, a quien recordamos en el V Centenario de su nacimiento. Muy devota de San José puso bajo su custodia e intercesión toda su obra fundacional del Carmelo Descalzo. “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”, le decía al Señor una y otra vez. Es la oración que, con estas u otras palabras debe hacer todo cristiano atento a la voluntad de Dios: Señor ¿qué quieres de mi?. El joven que se ofrezca con disponibilidad no se verá defraudado: la gracia de la vocación es siempre un regalo que lleva a felicidad más grande. Los seminaristas son un ejemplo cercano de este gozo que es el primer fruto de responder a la llamada del Señor.

Os bendigo de todo corazón

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