Carta Pastoral de Cuaresma: “Cuarenta días para ser libres”

libertad-interiorQueridos fieles cristianos, sacerdotes, religiosos y consagrados:

La cuaresma es una llamada a la liberación interior que puede tocar a cada uno en lo mas profundo. Los católicos del mundo entero hemos comenzado la cuaresma. Hemos visto llenarse las iglesias con fieles que quieren vivir esta preparación a la Pascua. La tradición popular de esta liturgia y su arraigo nos hace constatar que son muchísimos los fieles que buscan este momento con gran generosidad y un profundo deseo de renovación interior. Al recibir la ceniza se nos ha invitado a la humildad y a la conversión: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, ” Conviértete y cree en el evangelio”, es decir, ahonda en tu vida, profundiza tu fe.

El Miércoles de Ceniza hemos inaugurado esta etapa con una llamada al ayuno, a la oración y a la limosna. Necesariamente hemos de ser auténticos –cosa que no sucede sin reflexión–  para replantear las cosas de la vida, nuestra coherencia e integridad y, sobre todo, la fidelidad al Señor que nos ha creado por amor y que, con un amor excesivo, ha dado la vida por nosotros.  Por eso decía San Agustín que este tiempo “no solo es parte de nuestra vida, sino la representación de la vida entera”.

La llamada habitual de la Iglesia en cuaresma a vivir en oración, ayuno y limosna parecen estar pasadas de moda para algunos. Creo, sin embargo, que son de una extraordinaria modernidad. Orar supone entrar en la profundidad de uno mismo para reencontrar a Dios. Ayunar es situarse con libertad ante los deseos espontáneos y aparentemente insaciables. La limosna es compartir resistiéndose ante la voluntad de poder y de posesión a favor de la generosidad que nos engrandece cuando crecemos en solidaridad y sobriedad. No se trata, pues, en modo alguno de cumplir un formalismo externo. Al contrario, es el camino que nos hace progresar en libertad interior, en el “secreto del corazón”, como dice el evangelio, y nos asemeja a Cristo.

La Cuaresma entera está orientada hacia la libertad.  Nuestra sensibilidad moderna por la libertad se pone de manifiesto cada día. Recordemos por ejemplo la defensa de la libertad de expresión a raíz de los atentados de Paris. Sin embargo, esta dimensión externa de la libertad que forma parte de la democracia no es suficiente por si misma: tenemos que preguntarnos hasta que punto somos esclavos de nuestros miedos, prejuicios, cegueras o violencias. Las libertades legales no resuelven todo. Es decir, cada día debemos profundizar en la lógica de la libertad personal, que es siempre una conquista. La libertad más profunda del hombre reclama siempre a la conciencia, a la ética, al sentido de las cosas y de la vida misma. Y nos compromete. Tiene que ver con la verdad. Decía San Agustín que “no se entra en la verdad sino por la caridad”. Quizá por esto hay que añadir que adquirir la libertad mayor necesita el auxilio del cielo, que es también fruto de un regalo.

La liberación del pueblo de la Antigua Alianza que hizo Moisés no es más que una muestra de la que nos obtiene Cristo, nuevo Moisés, que libera a toda la humanidad por su cruz y resurrección, de la esclavitud del pecado y de la muerte. El bautismo nos procura y difunde esta libertad de la Pascua. La experiencia cada vez más extendida entre nosotros de adultos que se bautizan en Pascua nos devuelve la conciencia de este milagro de libertad que experimentan cuantos abrazan la fe con todas sus consecuencias, conversos que dejan atrás fuertes historias de esclavitud.

La preparación para esta vivencia de fe que es la Pascua nos obliga a tomar conciencia de nuestras servidumbres interiores, de los obstáculos y lastres que encadenan la libertad. Cristo con su luz nos las hace ver, y con su poder nos levanta y hace caminar a su lado. Porque la libertad hay que conseguirla, hay que hacerse libre, lo cual supone un trabajo y un don. Hay que distinguir siempre entre la libertad exterior que me ofrece los derechos y la libertad interior para escoger el bien que se reconoce. Los poderes públicos deben garantizar la primera pero la segunda solo la adquiere cada uno cuando supera sus miedos, su egoísmo, su falta de valor y de autenticidad.

La conquista de la libertad está siempre tentada. Las tentaciones no son, ni por asomo, esas cosas placenteras que nos dan “la alegría de vivir” y que la Iglesia “aguafiestas” nos quiere impedir. Son siempre una trampa a la libertad. Son una promesa mágica para tener éxito, pero que nos arrastra al peor fracaso. El mal existe y nos introduce en una dinámica destructiva, aunque nos riamos de la iconografía caricaturesca de los demonios colorados y con cuernos. La mayor argucia de esta incitación es enmascarar las intenciones de nuestros actos, querer tenerlo todo sin elegir el bien ni descartar el mal decididamente, instalarnos en el odio o la maledicencia, en la complicidad del mal justificándonos con procedimientos de lo políticamente correcto, con lo que es aceptado sin discreción evangélica, en el “todo vale”, en perpetuarse en lo más placentero sin discriminación, en la burla impune y demoledora hasta de lo más sagrado. Sin embargo, la misericordia de Dios no se reduce a un sentimiento blandengue del amor que traga con todo. Más aún, es el bien que erradica la dureza de corazón, que asume el reto de confesar los pecados y de proponerse no permitirlos, y que permite que habiten en la inteligencia y en el corazón los sentimientos de Cristo. El pasó por el mundo haciendo el bien a costa de su vida y nos hace querer dar la vida por amor y mirar al mundo con espíritu de servicio constructivo. Su libertad es la garantía de la magnanimidad.

Disponemos de cuarenta días para entrenarnos en esta difícil libertad, para romper cadenas, para actualizar nuestra frágil pertenencia a Dios, para lograr que Jesucristo ocupe el centro de nuestra vida, para ajustar todos los niveles de fe, esperanza y caridad. El gozo de ser de Cristo nos hace bienaventurados si entramos en la lógica del amor en la escuela de la ofrenda, en la aventura gozosa del discípulo. De este modo la Cuaresma nos debe servir para abrir la puerta y facilitar la comunicación entre nosotros y Dios, e inmediatamente, para la relación fraterna verdadera.

El Papa nos ha hecho la llamada a tener en cuenta a los demás hasta superar la “globalización de la indiferencia”. Si nos hemos cerrado en nuestro mundo interior, si dejamos de interesarnos por los otros, de “sus problemas, sufrimientos, de las injusticias que padecen… entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: “yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien”.

Esto es la misión, dice el Papa, “lo que el amor no puede callar”. La misericordia es la verdad de Dios y la verdad del hombre. Por medio de la caridad, de las obras de amor que nos ayudan a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos, ayudamos a abrir las puertas del amor para que la gente reconozca el rostro de Dios, Nuestro Salvador.

El Papa Francisco nos recuerda la necesidad de la misión, de abrir todos los caminos para hacer viable el conocimiento de Jesucristo, pero no podemos olvidar que solo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado: llevaremos a Cristo si antes nos hemos encontrado con Él. La exigencia es patente: dejar la indiferencia y la lejanía en favor de una relación con Dios más convencida, y descubrir el dolor y el sufrimiento de los hermanos para hacerlos propios. Hay que pasar de una situación de mediocridad y tibieza a un fervor más sentido y profundo; de una manifestación tímida de la fe al testimonio abierto y valiente del propio credo, de un amor a nuestra medida a dilatar el corazón a la medida de Dios.

San Agustín narró su encuentro inolvidable con el Señor, que tanto le marcó. Le proporcionó la energía y la fuerza para entregarle la vida. Se expresaba así: “Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera, exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por Ti, te he paladeado y me muero de hambre y de sed, me has tocado y ardo en deseos de tu paz” (Conf. X. 27, 38). Decía también: “Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes”. La seguridad que nos da el Señor es más fuerte que todas las dificultades y tentaciones : “Si el Señor está con nosotros, quién contra nosotros… ¿quién nos separará del amor de Cristo?… nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,31-38).

La cuaresma nos sitúa sorprendentemente en las luchas contemporáneas, en las dificultades del hombre de hoy. Si el Señor nos transforma seremos los más útiles para la sociedad, promotores de justicia y esperanza, hacedores de bien, caricia divina para los desheredados.

Disponemos de cuarenta días para hacernos libres con la ayuda de Dios y la de las oraciones de todos los santos: los enfermos, los perseguidos, los consagrados, etc. Os animo, por consiguiente, a vivir bien la liturgia dominical y los actos de piedad personal, especialmente el Via Crucis y el Santo Rosario; también a leer diariamente el evangelio; a participar de las Conferencias Cuaresmales que se impartirán en muchas de nuestros templos; a confesar los pecados con propósito de cambiar acudiendo al sacramento renovador de la reconciliación; a ayunar, recordando las normas sobre el ayuno y la abstinencia, pero también con la privación de cuanto nos hace vivir con dependencias nocivas y con esclavitudes.  Os invito además a la limosna para atender a los pobres, apoyando especialmente el proyecto de Cáritas Diocesana para “Familias en exclusión”.  Finalmente, a participar también en las “24 horas para Dios”, una Adoración Eucarística con confesiones que nos propone el Papa Francisco los días 13 y 14 de marzo. La oración de intercesión de unos por otros nos fortalece a todos.

Celebrar la Cuaresma y la Pascua bien es una gracia para cada bautizado que puede ver renovada su vida a fondo. La liturgia, sus tiempos y celebraciones, nos acercan a la fuente de donde brota el Misterio de Dios que transforma el corazón y nuestras obras en una sinergia que nos impregna del Espíritu Santo para hacernos conformes a Cristo. María, Madre de Misericordia, abogada y defensa de los débiles, está a nuestro lado siempre en las pruebas y, más aún, en este combate de fidelidad. Como mendigos de la misericordia de Dios que ordena nuestro amor no echemos en saco roto la gracia de Dios que abunda en estos días.

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