Aprendamos a relativizar nuestras cosas…

campo-de-concentracic3b3n-de-birkenauHoy y durante esta semana se nos hablará en los periódicos de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, donde murieron tantísimos judíos, católicos, gitanos…, donde precisamente la ideología atea hizo que los hombres sin Dios llegaran a pensar que eran dioses, estableciendo sin ninguna referencia ética un totalitarismo dominador. ¿No hubiera sido posible, con una sana relativización de lo poco importante, el polo opuesto? San Maximiliano Colbe, que dio la vida siendo un preso, cambiándose por un condenado a muerte. La filosofa judía luego conversa al catolicismo Edith Stein, que acabó en Auschwitz, y ofreció su vida voluntariamente por la salvación de los demás. El testimonio de miles de sacerdotes, de padres y madres de familia… Es necesario relativizar nuestras cosas. El hombre que no tiene a Dios, que cae en el materialismo absoluto, piensa que solo puede aferrarse a las cosas de esta tierra, tiene que abrazarlas y no puede desprenderse de ellas. El que sabe realmente el valor de Dios, el Absoluto de Dios, puede desprenderse de las cosas, sin estar sometido a lo instantáneo, a la moda, a lo intrascendente.

Alguien decía, el que se casa con la moda queda viudo, no hay nada más pasado que le periódico de ayer. Es lo que pasa con las ideologías. Habrá algunas mejores que sirvan para ciertas cosas, para vivir la economía, el trabajo, un sentido de la vida. Pero solamente Dios es el Absoluto. Cuando ponemos nuestra vida en sus manos aprendemos a vivir, aprendemos a amar, y nos hacemos conscientes de lo que es importante. Nuestra sociedad de hoy, nos lo repite todos los días el Papa Francisco, cuando cae en aquella mentalidad, organiza un mundo terriblemente injusto donde se prioriza la ganancia, el enriquecimiento, el provecho egoísta de las cosas, y donde las personas dejan de tener el valor que Dios les da. Entonces se entiende que uno pueda dominar a los demás o utilizarlos a su servicio, se entiende la mayoría de esa política que llama el Papa del descarte de las personas que no son útiles para nuestros fines, creando terribles injusticias.

La inmigración es un caso flagrante de como estamos instalados en una mentalidad mundana, de absolutización de nuestros intereses egoístas. Se hace necesario que el testimonio de vida cristiana, de un corazón universal como el que el Señor nos enseña a tener y nos ayuda a tener con su propio amor, sea capaz de acoger a todos, de ser, como dice el lema de la Jornada de Migraciones de este año “una Iglesia sin fronteras”, con entrañas de madre, que ama, que solventa los problemas, que se ofrece por encima de los propios intereses, para acoger a todo el mundo, para ayudarles, para servirles, para integrarles, y que nadie se pueda sentir extraño ni por su naturalidad, ni por su lengua, ni por su cultura, ni por nada, porque ante todo somos hijos de Dios.

Volvamos a escuchar hoy la llamada de Jesús que nos llama a la conversión: conviértete, deja los criterios que no son de Dios, relativiza las cosas que no son importantes en tu vida, valórate a ti mismo amado por Dios para amarle como él corresponde, y para aprender con el mismo corazón universal de Dios a amar a los demás, deja la vida de pecado, y sobre todo, sé discípulo, sigue al Señor que te llama, y que abre tu corazón a un trabajo, a un destino, a una ocupación que debe llenar tus intenciones y tu vida. Porque realmente, en manos del Señor, serás un instrumento del salvación para los demás, y una ayuda para la salvación del mundo. Hoy, escuchando a Jesús, que nos llama también por nuestro nombre, tengamos el amor suficiente, el valor amistoso, amoroso, de salir en su búsqueda inmediatamente, sin demora, y así responder a su llamada, porque Él nos llama a abrazar al mundo con ese amor que Él nos ha traído, con esa alegría de creer. De ese modo, también todos, emigrantes o no, sabemos que en este mundo somos peregrinos, que no tenemos la patria aquí sino que caminamos hacia Dios y que tenemos que acompañarnos unos a otros para todos poder obtener los bienes del Señor, primero aquí, en la caridad, compartiendo, amando, y después sin ningún reparo, sin ningún límite, en el amor de Dios que nos espera por toda la eternidad para gozar de Él en el cielo.

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