Preparar el camino al Señor, para que venga

tumblr_lvrpg1YiIq1qesa9oSeguimos en Adviento, y la Iglesia nos propone, junto a María Santísima, la figura de san Juan Bautista, y en él y con su mensaje nos da claves para vivir estos días que nos restan para la Navidad: se trata de preparar un camino para que pueda, por él, llegar a nuestra vida la Persona adorable del Señor. Son cuatro los consejos, las órdenes o las consignas que nos da san Juan Bautista, y la Iglesia con él:

El primer desafio que nos presenta san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina debe ser humillada, volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros. Muchas veces hablamos de “lo que nos falta” para ser santos, para cumplir nuestra misión, para hacer caso a lo que Dios nos pide; sin embargo por lo general no avanzamos por culpa de “lo que nos sobra”. Es el momento de ver en nuestro examen de conciencia aquello que estorba y deberíamos desterrar: egoísmo, individualismo, soberbia, apegos a cosas y a personas inconvenientes, aficiones que nos distraen, etc

En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Y aquí tenemos, entonces, la llamada también obligatoria a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jesús y darle gusto a El, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia iluminada por Él. Es imprescindible volver a repasar los Mandamientos de la Ley de Dios, los diez mandamientos, y reorientar nuestro modo de obrar. En ellos sabemos sin duda cómo ser justos, como respetar a los demás, sus propiedades, todas las relaciones familiares y como ciudadanos; cómo ser coherentes ante Dios y los demás. Y repasar también los Mandamientos de la Iglesia para ser fieles cristianos.

A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nosotros con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias. El Señor mira siempre a nuestro interior.

El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, allanar los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y esa llamada hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo. ¡Qué importante es tender puentes entre nosotros, abrir caminos en la convivencia, ser acogedores! Pero aún más ¡qué necesario es nuestro ejemplo, que los que nos rodean vean que vivimos la caridad, que somos pacientes, que rezamos y confiamos en Dios, que sabemos compartir, que somos testigos del Señor que llena nuestros afectos y nos impulsa a obrar bien!

El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen con lo dicho, sino también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con méritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le dé gloria: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un pequeño -al menos- caudal, capital de méritos, que dé gusto al Señor cuando venga y que podamos depositar a sus pies.

Jesús se hace hombre para divinizarnos. La Navidad bien vivida nos facilita acoger a Cristo para ser nosotros otros cristos hasta que digamos, como San Pablo, “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mi”.

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