No el azar, sino Cristo, es el Rey del universo y de la historia

bus ateoNo somos fruto del azar ni éste guía nuestra existencia. El evolucionismo de Darwin nos ha entrado en la cabeza como un presupuesto dogmático de manera acrítica. Todo ha nacido de la evolución, y todo se explica por el desarrollo desde la materia. No hay un principio trascendente para la vida de los hombres, por lo que tampoco tenemos un destino más allá de lo material. Evidentemente el hombre se deriva en cierta medida de la evolución pero, ¿explica la evolución sin más a TODO el hombre?

Ante la mirada de Dios, pasa precisamente lo contrario. Existimos porque alguien nos ha llamado a la existencia, nos ha dicho, “existe”, “hágase la luz”, “que se haga el hombre”, “hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”, con una dignidad… Y el mismo que nos ha dicho “hágase”, “créese”, nos dice al final de nuestros días y de la historia, “venid a mí”. Yo que os he puesto en la existencia os acojo en mi regazo. No estáis perdidos, arrojados a la existencia, como dirían los existencialistas pasados. La vida tiene un sentido y tú estás en tu sitio, y has sido fruto no solo de la intención de Dios, sino de un amor eterno, “con amor eterno te amé, te escogí desde el vientre materno”. Es decir, nuestra vida no es una vida arrojada sin sentido, y nuestro destino es un destino de amor, por eso Dios al final nos llama, precisamente para que ese destino se cumpla plenamente con Él y en Él.

En un Congreso que se celebró sobre la evolución entrevistaron al Dr. Collins, especialista en evolución, en la televisión italiana. Le preguntaron si su conocimiento le había apartado de Dios. Él decía haber sido ateo de joven, no habiendo sido educado en la fe, es más, despreció la fe como muchos en su generación. Pero que a través de la ciencia él había descubierto que la teoría de la evolución no respondía a todo, y aunque había que aceptar muchos de sus aspectos, nunca tendría explicación lo más profundo de la percepción del hombre, que percibe el bien y el mal, que tiene conciencia, que se rebela contra la injusticia, que es capaz de amar, incluso de dar la vida por amor, ¡que rompe con su libertad y sus decisiones todas las leyes de la evolución! Decía él, “realmente he vuelto a Dios a través de la ciencia, cada vez más”.

Contrasta con el investigador Stephen Hopkins, que en uno de sus últimos trabajos escribe acerca de la desilusión sobre Dios, ya que a través de la investigación se habría demostrado que la religión es sólo una creación del hombre. Devolvamos por tanto a los hombres su libertad. A partir de entonces empezaban a transcurrir por Londres aquellos autobuses de “probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida…”.

¿Qué libertad va a encontrar el minusválido y el anciano, sabiendo que Dios no existe?, ¿y el hombre qué busca la justicia?, ¿por qué luchar por la justicia?, ¿qué sentimiento le mueve para hacer algo que sobrepasa las necesidades químicas, fisiológicas humanas?, ¿dónde está ese componente del alma humana que está reclamando amor, eternidad, justicia, el bien que no pasa?

Verdaderamente la respuesta que da el Señor es cabal. Tenemos que dar gracias a Dios porque nuestra fe responde a la razón, por confiar en el Señor, que es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para compartir nuestra vida, nuestras miserias, pero también para que el hombre no tenga duda de la verdad de su vida. Tantos perdidos en la existencia buscan a Dios por la desazón del desamparo, la desesperanza en su vida… Cuando en esa búsqueda llegan a encontrarse con Él la vida se restablece en la confianza, en una constatación existencial: somos amados. Y esa intuición que tenemos en el corazón pues Dios nos la ha puesto distinguiéndonos así del resto de las criaturas encuentra respuesta. Entonces es como aquella pieza perdida del puzle. Una pieza que, como no es la respuesta a un problema matemático, necesita la aceptación interior, la confianza, la humildad de ponerse ante Dios y decir “sí Señor, tu eres Dios, tu eres el Señor, y ahora todo encaja, y yo soy criatura, no doblegada por la autoridad de Dios (como pensara el mundo ateo), sino liberada para vivir con libertad, para amar con libertad, para entregarse y hasta para dar la vida sin temor a la muerte”. Porque ahí se ha encontrado el hombre con Dios.

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