Tres nuevos diáconos

ordenaciones_diaconos_1_28_09_14 (1)Ayer por la tarde en la Catedral ordené diáconos a estos tres amigos queridos, Rubén, Jesús y Benjamín. Han tomado una gran decisión: prestar sus vidas a Dios para que, llamados por la Iglesia que acoge su vocación, sean ministros del Señor, enviados por Él en nombre de la Iglesia. Han dado un gran paso, decisivo en sus vidas.

El Señor los escogió, los llamó, y han respondido con amor, para servir (diakonía). La diakonía que desde ahora les caracteriza se ha de mostrar en el servicio de la caridad, en el servicio de la palabra, en el servicio de la eucaristía.  Han sido elegidos por Dios y por la Iglesia para participar en la misión de Cristo. El sacramento les otorga el don y la gracia a la que quieren corresponder con la entrega de sus vidas.

Jesús, antes de padecer y morir, lava los pies a sus discípulos. Les costó entenderlo hasta verle resucitado, pero ahora comprendemos que su muerte nos ha dado la vida, y que darla es el mejor servicio. Sin servir no se puede ser cristiano.

El servicio (diakonía) es un elemento constitutivo y esencial del ser de la Iglesia y del ser cristiano. Nos dice que la razón de ser de la iglesia no está en ella misma, que vivimos para los demás, que la iglesia es para los otros, y sin ello, ni la iglesia ni el cristiano existen como tales. En el marco de esta diakonía existencial es donde se sitúa todo ministerio en la Iglesia,  pero más aún el ministerio del diácono. El diácono viene a ser una personificación oficial pública y jerarquizada del servicio entero de la Iglesia y todos los cristianos; el símbolo sacramental personalizado, y así públicamente reconocido por la investidura litúrgica, de un servicio que a todos compete; la anámnesis individualizada de un servicio que mana de Dios, y la interpelación visible de una responsabilidad existencial cristiana.

El denominador común de todos ellos es la misericordia. Pedimos hoy al Señor que la misericordia oriente el corazón y la acción en sus vidas, porque su fuerza está en el corazón. Dice un proverbio que “al cuello lo dobla la espalda, pero que a un corazón únicamente lo dobla otro corazón”. El amor es irresistible.  Vuestro corazón debe estar marcado fuertemente por el corazón sacerdotal de Cristo.

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