Sobre la Cruz de Cristo: ver la Cruz y confesar un trono, una corona de espinas y reconocer a un Rey

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Después de nuestra reseña histórica, que nos expresaba en la anterior reflexión cómo del abajamiento, participación de la humildad de Cristo, surgen milagros en nuestra vida, me propongo ahondar más en este misterio de la Cruz, y seguimos reflexionando sobre esta importante celebración del domingo de la Cruz de Cristo y ésta Exaltada.

La Cruz es el instrumento de la victoria de Cristo. Asi lo enseña San Pablo a los Filipenses (Flp 2,6-11). Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo. Nos indica como un arco del misterio de Cristo: la humillación y la gloria.  “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre” (Mt 24,30). La Cruz es el símbolo del cristiano, que nos enseña cuál es nuestra auténtica vocación como seres humanos, nos muestra nuestra victoria, pero también aquí nuestro suplicio.  Por eso la cruz es siempre molesta si no está abrazada en nuestro corazón, abrazando al Crucificado, a nuestro amado Jesús que está vivo. San Pablo hablaba de falsos hermanos que querían abolir la cruz: “Porque son muchos y ahora os lo digo con lágrimas, que son enemigos de la cruz de Cristo” (Flp 3, 18).

Jesús, por esto, prepara a los discípulos antes de la pasión. El mismo Pedro manifestó su rechazo porque aún ignoraba el poder de la Cruz del Señor, lo que le valió una durísima reprensión del Maestro. Aún hoy nos repele que se nos recuerde la muerte, a no ser que encontremos en ella la vida. Para S. Pablo es un motivo de gloria, porque es la Cruz del Resucitado (Gal 6,14).

La Cruz nos enseña quienes somos, nuestra debilidad mortal, pero sobre todo el amor de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna”. (Jn 3, 16).  Este amor es la clave que hace el milagro y transforma la condena en victoria. Mirando con amor al Hijo de Dios aceptamos su perdón y, con el, el proceso de la redención.

La Cruz entonces es también el signo de la reconciliación con Dios y entre nosotros, el signo del perdón y de la vida. Es la fuerza de Dios para nosotros: “Porque la predicación de la cruz es locura para los que se pierden… pero es fuerza de Dios para los que se salvan” (1 Cor 1,18), como el centurión que reconoció el poder de Cristo crucificado. Él ve la Cruz y confiesa un trono; ve una corona de espinas y reconoce a un Rey; ve a un hombre clavado de pies y manos e invoca a un salvador. Por eso el Señor Resucitado no borró de su cuerpo las llagas de la Cruz, sino las mostró como señal de su victoria (Juan 20,24-29). En las llagas de nuestra vida también se hace presente su victoria, la de Cristo y por tanto la nuestra.

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