Mensaje de Pascua: Dios es Misericordia

Queridos amigos ¡Feliz Pascua!la foto (15)

“Cristo, mi amor y mi esperanza ¡ha resucitado!”. Así se expresa la liturgia de la noche pascual cuya luz se extiende durante cincuenta días y que adquiere un resplandor de gracia sin igual en la llamada Octava de Pascua. Estos ocho primeros días pascuales que estamos viviendo tienen su culmen en el domingo inmediatamente posterior al de Resurrección, instituido como “Domingo de la Divina Misericordia” por Juan Pablo II, quien providencialmente murió el día de esta fiesta  y que será canonizado esta misma semana en dicho domingo.  Providencialmente iré a Roma representando a nuestra iglesia diocesana para vivir este acontecimiento de gracia.  Lo viviremos, con los sacerdotes y algunos jóvenes que me acompañan, juntamente con la canonización del otro gran testigo de la misericordia divina, Juan XXIII. Os llevo a todos en mi oración para pedir sobre nuestra querida diócesis una renovadora efusión de su Misericordia.

Verdaderamente Dios es Misericordia y nosotros así lo experimentamos continuamente. Por eso nosotros sabemos que la Resurrección de Jesús no es simplemente una manera de decir que su mensaje sigue vivo entre nosotros. No es sólo su mensaje, sino que es El mismo quien está vivo, resucitado. Y nosotros experimentamos cotidianamente su presencia resucitada, misteriosa. Una presencia que hoy también nos dice como entonces: No temáis, Yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos. Su presencia resucitada en medio de nosotros es misteriosa porque la sentimos cercana pero al mismo tiempo, a veces, es difícil de reconocer, como leemos estos días que les pasó a los caminantes de Emmaus o a la misma María Magdalena. Sin embargo si confiamos y nos dejamos seducir por la suavidad de su gracia nuestro corazón empieza a arder de nuevo y como santo Tomás finalmente confesamos postrados a sus pies: Señor mío y Dios mío. Esto es lo que quiere el Señor de nosotros estos días de Pascua: la entrega total de nuestra vida. Darle nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestro descanso para que El viva en nosotros y nosotros en El. Sencillamente esto: Permaneced en Mi y yo permaneceré en vosotros. El que permanece en Mí da fruto abundante. Pero dejarle tomar posesión significa que El pueda hacer libremente su obra en nosotros. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “Darle todo lo que pida y dejar que tome todo lo que quiera aún sin que nos lo haya pedido”. Sí, éste es su sueño, por el que se ha hecho hombre, ha sufrido y muerto y finalmente ha resucitado: que se cumpla en nosotros el proyecto del Padre, ser hijos, coherederos con El de la vida eterna y construir, junto a El, un mundo de amor.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. El les dice a las mujeres en la mañana del primer domingo de la historia: Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, yo iré delante de ellos, allí me verán. es decir, les envía a la misión. Ved que no se desdice de llamarnos hermanos, amigos, compañeros de misión, porque la Resurrección de Jesús es el comienzo de la misión de la Iglesia, y ésta consiste en llevar el Amor misericordioso del Padre a todos los hombres, especialmente los más necesitados de su ternura.  Juan Pablo II insistía en que el tiempo pascual y especialmente esta primera semana, debía ser el tiempo de la misericordia, tiempo de recibir el sacramento de la Reconciliación –enriquecido con la indulgencia plenaria si se confiesa y comulga en el Domingo de la Misericordia-  y tiempo de llevar esa misericordia a “nuestra Galilea”, allí donde está nuestra misión: nuestras casas, nuestros trabajos, las personas que sabemos que El nos encomienda aunque nos cueste amarles. El nos ha prometido que allí le veremos, le encontraremos al salir de nosotros mismos por la fuerza de su Espíritu Santo.

Recibid el Espíritu Santo y llevad la Misericordia al mundo entero, dijo Jesús resucitado a sus apóstoles. Y aquella misma tarde de domingo las puertas de la Iglesia, antes cerradas por el miedo, se abrieron de par en par para no volver a cerrarse jamás.  Deseo vivamente que se cumpla en nosotros la encomienda de Cristo.

La misión ha comenzado, hagamos realidad su mandato. Que se haga presente su vida, que nos haga vivir su Misericordia. Mis queridos hermanos y amigos, sacerdotes, religiosos y consagrados, laicos de todas las parroquias, de asociaciones, movimientos, cofradías, cuantos servís a la caridad, a la liturgia, o en la catequesis: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es posible, el futuro es nuestro. ¡Buena y Santa Pascua!

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