Último tramo de la Cuaresma: descubramos nuestra verdadera fuerza, la caridad.

OracionQueridos amigos: estamos en Cuaresma, y casi yéndosenos de las manos. La vida de fe está ligada profundamente a la caridad. El ayuno y la limosna nos hacen comprender que podemos prescindir de lo nuestro en beneficio de los demás, y que este aparente empobrecimiento nos enriquece con el amor del Señor. A través de los otros y de sus necesidades reconoceremos mejor nuestras carencias y nuestra verdadera fuerza: la caridad. El cristianismo no es una regla sin alma, un prontuario de observancias formales para gente que pone buena cara para esconder un corazón vacío de caridad.

En la tremenda situación actual en la que palpamos tanta pobreza, el sufrimiento menesteroso de los que viven en situaciones extremas sin lo más necesario para subsistir, el grito de su dolor se convierte en mensaje urgente del Señor para nosotros, que nos pide rasgar los corazones, no las vestiduras, y amar al pobre, con quien Cristo mismo se ha identificado. El ayuno y la limosna cuaresmal debe hacerse desprendimiento efectivo de aquello que nos cuesta, algo más que lo superfluo, pues a los empobrecidos les cuesta la vida.

Ha dicho el Santo Padre recientemente: “¡Aquél es el ayuno que quiere el Señor! Ayuno que se preocupa por la vida del hermano, que no se avergüenza de la carne del hermano. Nuestro acto de santidad más grande está precisamente en la carne del hermano y en la carne de Jesucristo. El acto de santidad de hoy no es un ayuno hipócrita: ¡es no avergonzarse de la carne de Cristo que hoy viene aquí! Es el misterio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Es ir a compartir el pan con el hambriento, a curar a los enfermos, los ancianos, aquellos que no pueden darnos nada a cambio: ¡no avergonzarse de la carne, es eso!”

Os invito, por tanto, a vivir lo poco que nos resta de la Cuaresma intensamente. Este itinerario personal, que parte del interior, del corazón, lo vivimos todos juntos, como un pueblo, una comunidad, que necesita apoyos externos, comunitarios y eclesiales; por esto encuentra en la liturgia su camino espiritual más fecundo y la garantía sacramental de la fuerza del Señor que se abraza a nuestra existencia personal. ¡Os bendigo de corazón, rezo por vosotros, rezad por mí!

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